FITO Y BLANCO

Fito llegó a casa en una caja de cartón. Mi hermano y yo lo habíamos pedido, rogado e intercambiado con nuestros padres por miles de promesas de portarnos bien o recoger los juguetes, que no siempre se cumplieron. Por fín, cuando nos fuimos a vivir a una casa con jardín a las afueras de Madrid, mis padres cedieron a la súplica y un día como cualquier otro, mi padre entró en casa, besó a mi madre, nos llamó y puso sobre la mesa el paquete sorpresa que cambió nuestra vida para siempre.

El perro era mínimo, un cachorro que tenía aún los ojos cerrados o lo parecía, con hocico chato y rabito corto que había que alimentar con biberón, y cuya responsabilidad recayó sobre mi madre de la que no nos separábamos mientras lo alimentaba, oyendo con risas el sonido de los chupeteos y lametazos con que arremetía a la tetina. Mi padre sin embargo, atendía su desarrollo en el jardín. Los primeros escarceos miedosos pero imparables, con que iba descubriendo un territorio que creyendo nuestro, fue suyo desde el primer paso cuadrúpedo que dió, aunque no avanzara con él ni veinte centímetros.

Muy deprisa, Fito creció y se convirtió en uno más de la familia, dejando de ser el juguete del principio para convertirse en ese más del que también se tienen en cuenta sus opiniones, deseos y necesidades y que bien aprendimos a interpretar, como cualquier otro idioma, cuando movía su rabo o clavaba su mirada en la nuestra o ladraba distinto de alegría o pena o negación, modificando a veces, los planes de toda su familia.

Desde el principio, tuvo una casa de madera en el jardín, un chalet como mi hermano y yo decíamos, a la que sólo entraba cuando el sol hiriente de verano le castigaba el lomo, metiéndose lo justo, la mitad del cuerpo, poniendo a la sombra y refrigerando los cuartos traseros. De noche sin embargo, no fue posible que se quedara fuera y se quedaba acostado en el suelo de la habitación de mi hermano al que obligó a no cerrar la puerta nunca porque a veces necesitaba andurrear por toda la casa. Mi padre decía que habíamos hecho un perro demasiado fino y educado y mi madre añadía que era un mimado y consentido. Pero yo sabía que mi hermano, más joven que yo, había controlado los miedos que tenía de pequeño gracias a la compañía de Fito y yo no había sentido envidia sólo por el hecho de que ya adolescente, empecé a querer dormir con la puerta cerrada y eso no era posible con aquel miembro de nuestra familia.

Fito tenía buen carácter. Era juquetón, sin serlo en exceso. Tranquilo, cuando percibía que todos lo estábamos y alegre y corredor, cuando superábamos los límites de la parcela y hacíamos alguna excursión. Era noble y siempre, siempre, se situaba al lado del que parecía necesitarlo más. Ése era su encanto, su magia, su secreto y lo que provocaba nuestra pasión por él y nuestro orgullo. Cuando mi padre o mi madre habían tenido un mal día en sus trabajos, él se pegaba al protagonista, acompañándole en todos los recorridos por la casa sin dejarlo solo un momento. Mi hermano o yo, con los primeros sufrimientos por amoríos, teníamos la suerte de contar con su compañía. Y además, hacía excepciones y las noches de esos malos días, cambiaba su rutina y dejaba la habitación de mi hermano para quedarse en la puerta de la habitación de mis padres o en la mía, ante nuestra rendida admiración y a veces vergüenza, cuando no queríamos que los demás supieran de nuestro estado de ánimo y él lo sacaba a la luz y nos ponía en evidencia ante los demás. Pero siempre, nos compensaba.

Un día que hicimos una excursión, sucedió algo inesperado que también modificó su vida. El recorrido lo hicimos en coche y mi madre conducía, mientras mi padre le hablaba de su trabajo y de las dificultades por las que atravesaba su empresa. Nosotros, de esas conversaciones nos aislábamos como si un muro insonorizado dividiera el coche en dos, y Fito dormitaba mientras en la parte de atrás, porque ir en coche no era desdeluego una de sus pasiones, aunque había entendido desde muy pequeño que detrás de aquel suplicio y de aquel movimiento que no podía controlar, habría una recompensa no sólo para correr y saltar, sino para comer comida de humanos, el único día que se la dábamos para no tener que llevar el pienso también. Y esos olores en el coche, parecían hacerlo dormir soñando con los efluvios, en todos los manjares a los que tendría acceso en esa bendita excursión.

Todo sucedió como de costumbre. Detenernos cerca de un riachuelo, extender unas mantas, y mientras mi madre leía recostada en un tronco de un árbol, mi padre, mi hermano y yo, investigábamos los alrededores con Fito que se adelantaba por los caminos y las sendas, eligiendo él y no nosotros, el recorrido por los campos. Sin embargo, nuestro fiel guía se detuvo ante algo que de lejos no veíamos bien y se puso a ladrar, lo que yo interpreté como si quisiera que nos diéramos prisa en llegar a donde él estaba. Y llegamos, y allí encontramos un perro blanco sentado con los ojos cerrados pero despierto, pareciendo que una membrana se los cubría. Mi padre no sabía qué hacer mientras Fito lo escrutaba y nosotros mirábamos a mi padre, a Fito y al perro, sin decir nada y sin movernos. Mi padre se agachó y le acarició levemente el lomo y aunque aún no respirábamos, aquello nos tranquilizó un poco. Nos dijo que fuéramos a buscar a mi madre y eso hicimos mientras le decíamos atropellados por el camino que Fito había encontrado un perro blanco, sin añadir lo que todavía nadie había dicho ni nos atrevíamos a decir. Quizás queríamos que mi madre se sorprendiera o no sabíamos lo que sucedía o no queríamos saberlo. Ella, rápida, dió el veredicto cuando lo vió y nos dijo a todos que ese perro estaba ciego, y que se habría perdido dios sabe cuándo o dios sabe cómo y que poco podíamos hacer. En ese momento, mientras mi madre hablaba, acariciaba el cuerpo de nuestro Fito y nosotros el del nuevo animal, con cautela aún pero identificando su alegría que manifestaba con el movimiento involuntario de su rabo. Expeditiva, nos dijo que el dueño lo estaría buscando y que debíamos irnos. Así, nos incorporamos e iniciamos la vuelta todos, menos Fito al que llamamos en repetidas ocasiones y voces, y al que fuimos incapaces de convencer para que abandonara a su congénere.

Llegados a este extremo, mi padre hizo que el perro blanco se levantara y nos acompañara, guiándolo suavemente con la mano y flanqueado por el otro lado por Fito, hasta llegar a nuestro campamento. Compartimos la comida con él, debatieron mis padres sobre cómo solucionar aquello y llegaron a la conclusión de que se vendría con nosotros y al día siguiente, irían a contarlo a la policía y lo llevarían al veterinario para ver si tenía chip, y después dios diría. Esa noche ya de vuelta, no hubo forma de que el perro entrara en la casa prefiriendo quedarse en el jardín, y nuestro Fito cómodo y malcriado, fino perro, cambió el calor de nuestro hogar por dormir cerca de él, sin que nosotros forzáramos la situación, intentando que entrara.

Infructuoso fue aquello porque no tenía chip. Según el veterinario se lo habían quitado. La policía les indicó a mis padres la perrera más cercana y nosotros lloramos toda la tarde, ante el asombro de mis padres e hicimos otra cosa peor, verdaderamente grave, que fue ponerle nombre al perro, llamándole Blanco. Y mientras decidían nuestros progenitores que hacer, se fué quedando con nosotros y se quedó para siempre.

Fito y Blanco debieron contarse muchas cosas aquella primera noche de jardín. Tantas, que nada pudo separarles desde entonces. Y Fito no sólo cambió para siempre su costumbre de dormir en nuestra casa sino que aprendió él solo, a coger la correa de Blanco para salir de paseo, para guiarlo siempre, asumiendo parte de la responsabilidad de todos, seguro de hacer menos gravosa aquella situación que en gran medida había decidido él.

Mi hermano empezó a cerrar su puerta el día que comprendió que a Blanco no le gustaba chocar con los muebles y que Fito no volvería a su pies, a la vez que empezaron a preocuparle todas aquellos chicos y chicas del instituto que le sonreían y le hablaban más deprisa de lo que él quería. Y él como Fito, se sentaba en clase con aquel o aquella compañera que notaba que tenía más dificultades o gozaba de menos simpatía que los demás. Yo, por mi parte, me especialicé en temas relacionados con discapacidades visuales, dios sabe porqué elegí ese camino, y mis padres siguieron haciendo excursiones por el campo, a veces sin nosotros, atentos a cualquier ruido, siguiendo los pasos de Fito y Blanco que les llevaban por donde ellos decidían, como siempre.

DE MEMORIA M

Tres veces al día salía Manuel de su casa.

Una, la primera, para dar un pequeño paseo. Se levantaba y se duchaba. Solo. Se afeitaba y se hacía el desayuno. Café y galletas. Arreglaba la cama. Se vestía. Siempre la corbata y la camisa blanca a la que superponía una rebeca. Tenía algunas. Los pantalones con raya y los zapatos con cordones. Un poco de colonia. A veces, una a la semana, iba a echar una discreta quiniela. La misma, desde hacía veintitrés años.

La segunda, para salir a comer. No se miraba al espejo ni volvía a arreglarse el nudo. Entre tanto, había oído la radio, sentado en el sofá de su casa hasta que la hora de la comida llegaba. Estaba al día de política, de salud, de atentados hasta las cejas, de asuntos varios siempre escuchados con el mismo interés y la misma atención. No dormía siesta.

La tercera, para merendar. Café con leche y una tostada, y vuelta a casa, despacio, muy despacio. Se sentaba un rato a charlar con el conserje de la finca. Gastaba bromas y más tarde, de nuevo a casa. Más radio hasta la cena, en que tomaba una pieza de fruta y un yogur. Siempre lo mismo. Sin sueño, a las once se iba a la cama. Se tapaba con la sábana y una manta de viaje sobre el cuerpo. Los pies al aire. En invierno, echaba otra encima de la anterior. Nunca pasaba frío.

Aunque se le viera solo las tres veces, había tenido mujer. Muy guapa, por cierto. La mala suerte se la llevó porque decía Manuel que cuando una persona es joven lo que se la lleva es la mala suerte. No, ninguna enfermedad. Y así había sido de la noche a la mañana. No había tenido hijos. Se casaron mayores.

Su trabajo había sido muy importante. Cartero. Repartía noticias. No como las que escuchaba en la radio, sino de carácter íntimo, pero no por ello menos impactantes para la vida de cada uno. De puerta en puerta, de portal en portal, más tarde. Lentas cartas que traían palabras cuando cada una de ellas era una valiosa pieza para cada puzzle vital. Y muchas menos que las que ahora se dicen fácilmente sin pensar. Entonces, se condensaban y se iba a lo importante y sobre todo a lo que informaba, sin dar vueltas o revueltas como ahora se hace con ellas para no decir nada o no informar más.

Sus aficiones habían sido dos sin que pudiera por desgracia, haberlas podido mantener en el tiempo. Amar a su mujer, sin duda mirarla, remirarla, hablar con ella, hacerle café cuando no se dormía, pasear y ver en compañía todos los vestidos bonitos que se habría comprado de haber podido o haber necesitado. Y leer, cuando ella cosía, sólo entonces, levantando la vista para observar su perfil, el pelo castaño ondulado, su pecho en la curva más hermosa que había soñado y sus manos cuidadas siempre sin esfuerzo, como si los dioses hubieran previsto para ella una vida regalada. Leer libros y contárselos. Historias de otras vidas y otros tiempos sin envidiar nunca nada de lo que pasaba fuera de su hogar. Viviendo a veces el relato como protagonistas cuando él avanzaba en el cuento y ella en la historia y los dos en la vida, soñando y aprendiendo a ser esos que estaban escritos.

La oscuridad de la habitación del hospital esos tres meses, decía Manuel que le había perjudicado la vista. Y eso era lo mismo que decir que cuando ella se fue e incluso antes, sobre el se cernió un manto que quitó la luz de su vida. De allí fue del único sitio que salió sin ella y ya salió siempre así de cualquier otro.

Ahora estaba ciego. Mala suerte. Ocho operaciones para no ver nada. Cada día, sus tres salidas se apoyaban en sus deseos incombustibles de no dejarse morir. De memoria hacía los recorridos, sin bastón ni perro y con la disciplina férrea de no quejarse y permitirse el lujo del rayo de sol que sin ver, notaba, y de la comida que sin preparar, comía y del café que sin hacer, tomaba. Lo más importante, decía, era no dejarse vencer y si los malos espíritus entraban en casa, había que salir a buscar los buenos, mientras la ventana de par en par invitaba a los invasores a salir por ella.

Para todo el mundo una sonrisa y todas, para cualquier mujer que se detuviera un instante para hablar con él. Anteayer, los noventa. Pero nunca había voluntariamente que borrarse de nada. Ya la vida te mete goma sin respeto ni consideración.

Mejor salir a la calle que quejarse. Distraerse antes que lamentarse y tener ilusión por ser capaz al día siguiente de salir tres veces para recorrer el mundo aunque tenga que ser de memoria. 

EN EL ANDÉN

El día que Isabel abandonó la ciudad, llovía.

Era una lluvia pertinaz y los colores creados por la luz en los días anteriores, habían desaparecido. El capricho que la naturaleza había tenido, igualaba los objetos que ahora se mantenían monocromos sin perder un ápice de su belleza. Un gris mojado, color aluminio, teñía el mar y los paseos, las aceras y los árboles, los edificios y el cielo, sin límites nítidos debido al agua en suspensión.

Mientras atravesaba ese paisaje urbano en un taxi camino de la estación, ella misma se sentía también suspendida como siempre que viajaba, y habría deseado detenerse para fotografiarlo todo y llevárselo grabado no sólo en su retina. Pero no pudo ser, no había tiempo, y tuvo que centrarse en lo que debía realizar, que no era otra cosa que subirse a un tren y volver a casa.

Si había o no, sido feliz en aquella ciudad, no podía asegurarlo pues a ratos había llorado y en otros, había sentido sosiego en el dolor infinito que la llevaba de acá para allá buscándose, porque sabía que nada había fuera y que la solución, aunque oculta de momento, la tenía ella dentro, muy dentro, y nadie podía ayudarle sino que debía encontrarla sola, tranquila y a su tiempo.

En las cartas que le habían echado, entre risas que también había habido, le aseguraban un presente que, si bien estaba aún un poco estático, auguraba una inminente fase de cambio que la convertiría en una emperatriz, con un futuro muy ventajoso como señalaban las mejores del tarot, donde volvería a ilusionarse por muchas cosas. Eso quería Isabel, ilusión para que los días le parecieran menos iguales y más intensos, como cuando amaba.

En el tren esta vez, sólo fue mirando por la ventana. No leyendo, como siempre. La naturaleza empapada por esa lluvia que acompañaba al tren en su recorrido, lo dibujaba difuminado, en una sola línea blanda, flexible y ágil, color también metálico. No iba pensando en nada especial, sin planes ni metas como últimamente acostumbraba, dejándose llevar por la vida y procurando no alterarse demasiado.

La vida era eso justamente. La suya. La que discurría mientras viajaba de acá para allá en muchos trenes, ya todos iguales, indiferenciados y sin anécdotas, pues la única era la de todos, la incomprensible dedicación y entrega de las gentes a mirar sus móviles y teclear sin compasión sobre sus duras pantallas que no devolvían ninguna caricia a las doloridas yemas.

Cada vez que viajaba sentía la punzada de la soledad que a la vez disfrutaba. Entonces, se decía que no era eso, sino una necesidad absolutamente enraizada en su carácter de querer compartirlo todo, incluso el bocadillo comprado en el mismo tren. La maleta, siempre demasiado pesada, le hacía recordar otros tiempos más afables, donde los kilos eran también repartidos. Ahora, hasta el contenido, sus ropas, era otro, menos interesado en gustarle a nadie.

Nadie sabía nunca sus horarios de salida o llegada o el destino de esas vacaciones que ella ya no llamaba así, sino una necesaria huida de lo cotidiano y poco fructífero del presente panorama y una leve esperanza de volver a casa y ser otra, distinta a aquella en la que se había convertido sin amor.

Al llegar al destino todo era rutinario, otra vez la maleta, y de nuevo un taxi hasta casa. Llegar, vaciar el equipaje, poner la lavadora, limpiar los zapatos, colocar los objetos de aseo en el baño y oír el silencio.

Sin drama, bajó del tren y él estaba esperándola. Iba vestido impecablemente como si se hubiera preparado para ello. Tenía una magnífica sonrisa en los labios. La abrazó fuertemente y le cogió la maleta. Juntos subieron a un taxi y llegaron a casa.

BAJO LA MANTA

Cuando empezó a anochecer, la niebla fue cayendo como un manto glauco que desdibujaba el paisaje mientras las luces de las farolas se repetían en pequeñas lunas blancas y amarillas.

Juán y María se escondieron bajo la manta, apretándose fuerte el uno contra el otro, desdibujando sus contornos como si fueran a pasar al otro lado del cuerpo amado. Los besos se multiplicaron como las luces, cercanos todos, repartidos por la geografía de la piel caliente.

Nada hubo mejor que mirar juntos desde el lecho por la ventana, mientras sus manos inventaban las casas borradas dibujando con caricias calles y plazas, árboles y aceras, hasta construir la ciudad conocida sobre el otro, descubriéndolo y riendo juntos la vida.

Dejaron las palabras escondidas en el tiempo dulce, como si la niebla también hubiera caído sobre ellas, difuminándolas hasta convertirlas en ilegibles e innecesarias para las delicias del lenguaje de su amor.

Adormecidos, se miraban sonrientes, guarecidos de la intemperie de la vida mientras la nitidez se ceñía a sus deseos y esperanzas.

Aquella noche de niebla cerrada no durmieron, o lo creyeron al menos, sabiéndose testigos de una magia que en el recuerdo nadie podría arrebatarles. Soñaron con la inmortalidad de su amor como todos los amantes, y si en algún instante tuvieron miedo no lo dijeron, buscando certeros los labios del otro para sellar con lacre los malos pensamientos y respirar acompasados el tiempo presente, el único, mientras la niebla les cercaba en una burbuja, bajo la manta.

PRONÓSTICO

Pasaron los demonios arrasándolo todo y haciendo de la vida un infierno. Hubo destrucción y agonía mientras no hubo cielo en ningún sitio.

Se sucedieron los días como si el tiempo no pudiera ser medido y cada instante infinito añadiera dolor al dolor y desesperanza sin límite.

El vacío llenó de nada los lugares y de miedo la luz y el sonido y de silencio los ruidos de todas las palabras.

Los latidos se distanciaban entre sí y los sueños se habían desvanecido en cada madrugada insomne y en cada jornada somnolienta y perdida.

Los gritos avergonzados se llevaron en secreto.

La sinrazón cambió el color de las cosas y el sabor dulce de otros días dejó estelas agrias enmohecidas.

La naturaleza apareció muerta en los libros y paisajes sin que ninguna semilla hiciera reverdecer los campos.

Los demonios danzaron de nuevo en tropel sobre cada nacimiento esquilmándolo con su hedor y podredumbre.

La desesperación se hizo dueña de los dueños de todo.

Y cuando no quedó nada por lo que vivir, surgió de nuevo la vida, contra todo pronóstico.

FARALAES

Cuando Manuela expiró todo estaba previsto.

La salud hacía tiempo que iba empeorando, de eso no había ninguna duda. Sin prisa pero sin pausa. Con 87 años, hacía dos que había enterrado a su hermana tres años mayor que ella y madre de una hija fruto de una relación única, en una noche que se hizo un poco tarde.

En vida, Manuela salía a diario y conversaba con las vecinas, en especial con Antonia que le ayudaba con los recados cuando alguna vez los achaques y malestares se pasaban de castaño oscuro.

Paquita, la sobrina de Manuela, la visitaba regularmente cada quince días, y escuchaba paciente las historias de su tía que se centraban siempre en el dinero que para ella quedaría de herencia a su muerte y en el traje que debía ponerle cuando muriera, pues desde hacía muchos años, lo tenía preparado, limpio y doblado con cuidado, guardado en una caja plana, situada encima del armario. La chica, desinteresada por ambos asuntos, trataba de distraer a su tía, arguyendo razones por las que aseguraba que ésta nunca habría de morir, pues por mucho que lo pensaba no encontraba motivos, toda vez que siempre había salido airosa de cualquier enfermedad, dolencia o queja, sin aparentes secuelas.

Así las cosas, y a pesar del pronóstico de Paquita, Manuela murió una mañana cualquiera de un día frío de finales de enero en que el sol únicamente consiguió colorear de blanco, el cielo que debía ser azul. Y fue Antonia quien llamó a la sobrina que incrédula, corrió a la casa de su tía, apenada y extraña.

Cuando la muerte quedó corroborada, vecina y familiar se dispusieron a lavar y vestir a Manuela, que yacía como dormida con una mueca de sonrisa en la cama donde viva, había pasado sus últimas horas. Paquita, miró a su tía detenidamente y recordó vívido su deseo de ser amortajada con aquel vestido que decía guardar desde hacía años en la caja sobre el armario. Sin más, de puntillas, logró acercarlo al borde y bajarlo.

Cuando abrieron el paquete, encontraron un vestido de flamenca, con lunares rojos sobre fondo negro, largo y con muchos volantes y cola, y una bolsita transparente que contenía peineta y pendientes, collar y pulseras, a juego con los lunares. Paquita se quedo perpleja junto a Antonia que discreta, pensaba que creía haber conocido a Manuela en vida y nunca imaginó que pudiera querer llamar la atención de esa manera en su propio velatorio. Ambas se miraban tratando de encontrar en los ojos de la otra la respuesta a aquel enigma pues nunca vieron a Manuela vestida de esa guisa ni aficionada al flamenco, ni bailando o escuchando en la radio esa música.

Haciendo de tripas corazón, y puesto que éste era su deseo, le pusieron el vestido y la dejaron, eso sí, hecha un cuadro, pero completa con su peineta y sus aros, sus collares y pulseras. Cuando vinieron los operarios les dijeron que estaba lista para pasarla a la caja y que lo hicieran con cuidado, procurando que los volantes quedarán vistosos y la cola del vestido sin aplastarse por su cuerpo inerte. Así lo hicieron los tres hombres encargados del asunto sin comentario alguno, guardados todos para el rato, después de la cerveza y los chatos, de las risas por las cosas de los muertos que cuando no son propios son siempre muchas más.

Con aquellas pintas, hubieron de soportar las suyas los allegados y conocidos que se acercaron al tanatorio a dar el pésame a la sobrina, poniendo una cara al llegar y otra muy distinta después de salir, y algunos ni siquiera pudieron despedirse y se fueron precipitadamente como si fueran deprisa a otro acto luctuoso imprevisto.

Paquita entre la sensación de ridículo y el orgullo por haber cumplido los deseos de su tía al pie de la letra, fue poco a poco despidiendo a los retrasados que discretos, contuvieron comentarios, preguntas o carcajadas. Cerrado el ataúd, respiró satisfecha, no obstante convencida de que más que ninguna otra cosa de las vividas, aquel enigma turbaría sus sueños para siempre.

Pasados unos meses, cuando Paquita se dispuso a vaciar la casa para venderla, y a retirar sus muebles, tras el armario de la habitación de su tía Manuela, una caja plana parecía haberse caído y se mantenía aplastada contra la pared. Paquita la puso en el suelo y la abrió, y en ella, perfectamente doblado, se hallaba un sencillo vestido negro abotonado delante, y un papel manuscrito que decía: “Paquita, cuando me amortajes, cuida que la falda del vestido no se arrugue con mi cuerpo en el ataúd ni se formen volantes en ella, no vaya a parecer vestida de faralaes”.

LA AZOTEA

Siempre había tenido costumbre de mirar por la ventana. Le gustaba ver las casas blancas encaladas, coronadas con cubiertas planas de suelos ocres. A ellas, las mujeres llevaban generaciones subiendo a tender la ropa.

Ahora viudo, se levantaba más tarde que antes, cuando su mujer vivía y los hijos aún no se habían ido de casa. Se aseaba y escribía en un papel de estraza los “mandaos” que tenía que hacer en la mañana. Entonces se asomaba, en un acto inconsciente por repetido, que quizás se había iniciado simplemente para saber qué tal tiempo hacía en la calle, pero que había acabado en costumbre, sin la cual nunca habría salido de casa.

Así que se acercó a mirar, reconociendo que su gesto desde hacía unas semanas, se había convertido para él en consciente y necesario, en vital e imprescindible, desde que un día, había descubierto que Isabel había vuelto al pueblo y que cada mañana a la misma hora, subía  a la azotea a tender la ropa. Ahora, Rafael, que no era ni más ni menos que él, parecía calcular con precisión el tiempo justo de asomarse, y se había convertido en un espía de aquella azotea, de aquellos minutos que duraba la faena que, ajena a su mirada, realizaba esa mujer.

Isabel era la hermana menor de Conchita, y Conchita era aquella niña de trenzas negras, coetánea y amiga de su mujer, compañera del colegio y vecina de siempre que se había mantenido como ellos en el pueblo desde que nació, casándose con Paco y teniendo hijos de las mismas edades que los suyos. Isabel, no. Ella se fue del pueblo. Y se supo que casó y enviudó pronto, sin tener descendencia pero encontrando en la capital un trabajo que le permitió mantenerse y vivir tranquila, sin volver al pueblo más que en fiestas.

Ahora, Rafael la miraba con curiosidad cada mañana. Un interés repentino que hasta a él le sorprendía. Pero mientras Isabel no acababa de tender, él no retiraba su mirada ni tampoco salía a la calle a comprar.

Un día, después de muchos, en los que sus recuerdos mientras la miraba, mezclaban momentos de niñez, de juventud y de madurez, Rafael notó arder su cara de sonrojo, él solo, sin testigos, cuando ella se agachó al barreño de zinc que contenía la ropa mojada para coger una prenda y tenderla, y Rafael pensó que esa mujer tenía una forma especial de agacharse, la más bonita que hubiera visto jamás.

Nunca había deseado a otra mujer que no fuera la suya y seguro estaba de haberla amado hasta su muerte, al principio con pasión y luego con lo que él llamaba, la segunda pasión, y que defendía convencido de que era la que verdaderamente unía a dos personas con respeto e ilusión, con compromiso y paciencia. Mucha paciencia. Hacía cuatro años que Lucía había fallecido y él mantenía las mismas costumbres, los mismos horarios, con una resignación tranquila y con un vacío que procuraba ahuyentar sin sentimentalismo.

A partir de aquel pensamiento, y de aquellas miradas furtivas cada mañana, Rafael empezó a imaginar otra vida en compañía, una nueva complicidad que podría alargar la sensación de estar vivo.

Una mañana, Isabel cambió la mirada y desviando la atención de cuerdas y alfileres hacia las nubes, no fuera a ser que empezara a llover, se topó con la figura de Rafael que parecía mirarla. Los dos se sonrieron, tímidos e inseguros como dos adolescentes, sin saber si la distancia que les separaba, permitiría vislumbrar del todo, la sonrisa ofrecida. Al día siguiente, como si estuvieran cronometrados, repitieron la escena. Y también lo hicieron al otro y después, muchos días. Todos los días.

Esa mirada se hizo indispensable y la alegría de verse aquel corto espacio de tiempo, modificó sus vidas para siempre. No hablaron, no les hizo falta. Únicamente, se amaron cada día en el secreto de todos, hasta que el viento secó todas las prendas que ella fue capaz de tender.