LA ÚNICA NAVIDAD

Acaso fue la única o eso creyó cuando de nuevo, puntuales como cualquier año, se acercaron esos días de fiesta en los que todo el mundo parecía estar alegre y la ciudad se llenaba de luces multicolores que se mezclaban al atardecer con las de los semáforos y farolas, y con los faros de los vehículos que parecían multiplicarse siempre, precisamente también en esas fechas.

Mientras María volvía a casa desde el trabajo se dio cuenta de ello, de que no había tenido más que una navidad en su vida y sabía cuál había sido con una concreción que le hizo pensar que estaba en lo cierto. Tenía 10 años, sí, cuando eso sucedió, y además según sus cálculos, esa navidad no había durado más de cinco minutos. No es que no hubieran pasado más cosas aquel invierno ni aquellos señalados días, sino que nada fue tan importante ni nada se fijó de forma indeleble en su memoria ni nada llenó tanto de colorido sus ojos.

Ese espacio de tiempo lo situaba en la cocina de la casa de sus tíos. Sí, ahí se desarrolló la escena. Y además de ellos, estaban sus padres y otras personas de pie, hablando, y en el centro estaba ella, aquella joven rubia con los ojos muy negros girando sobre sí misma con aquella falda plisada de muchos colores que finalmente no fue suya. Eso también lo recuerda, a pesar de que era pequeña para enterarse de algunas cosas, pero de esa sí se enteró. Y aquella falda abierta como una flor mientras daba vueltas, dejando ver sus preciosas piernas torneadas, fue sustituida por otra más sobria más monjil quizás, que María presente, juzgó que no le favorecía o que no le correspondía, sino la otra, la que había detenido el tiempo de todos mirándola sorprendidos por su belleza y armonía, por su sensualidad ajena a todo artificio puesta de manifiesto en ese giro infinito que inflaba y elevaba aquella falda mientras su sonrisa, su gracia, su talle, su cintura guardaban las proporciones perfectas.

María quiso en ese momento tener esos 20 años, y saber cómo ella girar orgullosa y feliz con aquel regalo que pronto los mayores, intuyendo algún peligro, juzgaron inapropiado llegando a la conclusión de que le hacía mayor y debía elegir la otra, esa falda severa que no la convertiría por mucho que fuera la misma, en una mujer tan bonita sino en una niña más, discreta y anodina hasta que un día venidero inevitablemente, alguien descubriera el tesoro.

Pero eso no llegó jamás por mucho que habría sido lo menos malo.

No llegó y sin embargo, María sí cumplió 20 años al cabo de 10 y 30 más después de los veinte y alguno más que ya no fue múltiplo de los anteriores. Y en ninguno de ellos, encontró navidad alguna que le hiciera sentir tanta alegría como aquella en que fue espectadora de una conjunción astral entre regalo y dueño, ni nunca volvió a soñar con querer ser idéntica a alguien a quien la belleza había cogido como rehén sin soltarlo.

Ni siquiera pudo recordar el regalo, tal vez más de uno, que ella tuvo aquel año. Sería un juguete, supone, pero no lo sabe.

Al año siguiente, ya no hubo navidad ninguna. Desapareció de su vida como la muchacha rubia que giraba. No hubo regalos ni siquiera reunión familiar. Una ola densa de dolor llenó las gargantas de todos que callaron para no decir nada porque nada era mejor que el silencio que se había producido tras su muerte. Ningún adulto tuvo fuerzas para celebrar esos días tras aquello, y María sólo recuerda unas anginas con cuarenta de fiebre en una casa de otro lugar que no era el suyo, en un destierro pactado para que no viera tan de cerca el dolor de sus padres que ignoraron que también de lejos lo vio y lo sumó al suyo porque con 11 años, el confeti y los regalos se habían ido al país de nunca jamás de donde nunca volverían.

Mucho después, María intentó volver a aquellos años y a hacerse niña entre los brazos de un hombre, o de varios, y logró sonreír en el simulacro. Y en esa mezcla hubo alguno incluso que la sacó a bailar aunque no la quiso.

María decidió que no importaba haber tenido una única navidad si aquella había sido buena de verdad, y lo había sido sin duda. Siempre que se acercaban esos días cada año, tenía la inmensa suerte de que nada podía torcerse ni nada podía estropear ya aquella navidad porque con sólo cerrar los ojos, María veía a su hermana bailando en aquella cocina, con aquella falda de colores y aquella sonrisa, y el embeleso y la felicidad de los que la miraban, contagiándose unos a otros del orgullo de su belleza.

María le regalaba aquella falda cada año al recordarlo, no la otra, para que nunca dejara de girar contenta, y ese regalo era el más importante que hizo nunca, convencida de que por ello ésa era su mejor navidad, acaso la única que tuvo.

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EN EL ESPEJO

En el espejo vio su imagen reflejada.

El vestido negro estaba entreabierto por un lateral, la cremallera bajada y Carlos pensó que esa mujer era atractiva y sensual como ninguna. Y ahora él estaba con ella.

Sin reparar en su mirada se desnudaba tranquila ante él aquella noche de invierno, en aquel hotel donde habrían de quedarse. Lucía sólo quería abrazarlo, notar su calor y su deseo sin que fuera imprescindible que el instinto ganara el espacio a la ternura, a la dulzura y a la complicidad.

Carlos le dijo que era una mujer muy bella y que todos la habían mirado cuando entró tarde al comedor y estaban ya sentados, sintiendo orgullo de amarla. Entonces, mirándose también en el espejo, la atrajo hacia sí y la besó apasionadamente mientras miraba la franja desnuda de su cuerpo con deseo.

Lucía acabó de desvestirse llena de amor por el que habría de ser su marido, risueña y sin prisas tuvo la sensación de sentirse segura para siempre, de haber acertado por fin y de tener al lado al hombre que colmaba su cuerpo y su alma, los oídos de palabras, la piel de caricias y los sueños de realidad. Y lo más importante, la risa, ésa que adornaba las conversaciones  de ambos, interrumpiéndolas, deteniéndolas un instante o desviándolas acaso hacia otros derroteros no menos interesantes ni fecundos.

Ella habría de entregarle todo, de enseñarle aquello que creía que también sería bueno para él sin duda, paisajes mágicos, lugares vacíos de miedo, músicas para el alma, cuentos de las mil y una noches, y otros alegres y tristes inventados solo para él. Historias para que jamás se sintiera solo, para ahuyentar el miedo. Palabras nuevas de un idioma que sólo él entendería y con nadie más hablaría. Serían cómplices de sus secretos y de sus sueños. Serían amigos. Sabrían de memoria los poros de sus pieles y la textura, y con los ojos cerrados podrían recorrerla certeros hasta erizarla o calmarla con deleite.

Después en la casa nueva pelearían con pasión para defender el mejor lugar para un cuadro o el lado preferido de la cama. Comprarían comidas que sólo a uno gustaran con la generosidad de saberse diferentes y el placer de disfrutarse precisamente por ello. Elegirían las películas ilusionados y viajarían menos de lo deseado pero abiertos a conocer lo distinto. Comprarían ropa al gusto de Carlos, al gusto de Lucía y al  gusto de los dos al menos, en los casos imposibles.

Eso soñaba Lucía mientras se dormía acurrucada contra el cuerpo de Carlos. Y el tiempo mágico de los dos amantes se detuvo y ni siquiera lo que después pasó pudo restarle belleza ni verdad. Ni tampoco impidió que pudiera ser escrito.

NINO

Septiembre comenzó ventoso como si quisiera desplazar al verano deprisa. Las hojas que caían continuamente de los árboles alfombraban los caminos y desdibujaban los senderos de los parques. También en aquel en el que Isabel se encontraba sentada en un banco, mirando absorta los colores amarillos, ocres y sepias que a lo lejos un jardinero barría descubriendo una de las veredas por las que ella había pasado tantas veces.

Por la mañana, había dejado por primera vez a Nino en el colegio. Su hijo, el único, el deseado, ese muñeco que le hacía sonreír en cada mirada, hipnotizada ante sus ojos y su piel nueva. Nino no había llorado, más bien no se había inmutado como los otros niños y parecía, con sus tres añitos cumplidos, saber más que su madre que él estaría bien allí con aquellos otros niños, con aquellas cuidadoras que sustituirían a su mamá durante unas horas, muchos días y muchos años después, otras y otros.

Isabel, sin embargo, no se sentía bien. El parque estaba al lado del colegio y ella no había sido capaz, después de dejarlo, de alejarse un poco más o de volver a casa. Y allí estaba, paralizada por el miedo, detenida en el tiempo y el espacio, recordando y volviendo al presente, recordando y visionando un futuro inventado. La noche en que se quedó embarazada la recordaba con nitidez. Lo había sabido justo en el momento en que su marido había engendrado con ella a ese niño que ambos deseaban tanto, y había elevado sus piernas, contra la pared apoyadas, tendida sobre su espalda, sin moverse un buen rato para que se produjera el milagro y la naturaleza tuviera tiempo y tranquilidad para hacer lo que debía, que no era otra cosa que lo que ambos deseaban, ese niño que nació perfecto nueve meses después. En ellos, Isabel había bailado por casa y había cantado sola. A ratos, le había hablado con voz dulce y le había contado maravillas de la vida, de las personas que lo amarían, de los paisajes que vería, de la luz y el sonido, de la risa, de los paseos por los bosques y los baños en la playa, de las comidas ricas y de los libros, no se le olvidaba nunca, de los libros que podría leer y con ellos viajar y amar y soñar y despertar o dormir. Con ella.

Luego vino la fiesta, el alumbramiento, y aquellos ojitos redondos que sin enfocar la miraban y aquellas manitas perfectas y aquellos piececitos mínimos que tanto le habría de gustar besar. Y también, fugazmente, el recuerdo de mirar a su marido agradecida, cuando él no la veía, por aquel tesoro que habían creado. Isabel supo que había dejado de amarlo en el momento en que dejaron a Nino en sus brazos y no pudo evitar no amarlo nunca más, sin remisión, ni compasión. Nada había sucedido, nada de lo que tuviera queja, nada reseñable. Y Pedro lo supo también y se marchó en silencio, vencido de antemano y convencido de que no podría cambiar aquella situación sobrevenida, extraña, impuesta no por ella que nada podía hacer contra sí misma. Y un día salió de sus vidas sin oponer resistencia, sin exigir, convencido de que  Nino había colmado de tal manera la felicidad de Isabel que nada podría aportar él. Se fue, renunciando a su hijo, confundido, perplejo, aceptando mejor perder a los dos que pelear por uno.

Isabel no pudo tampoco explicarse ni defenderse de algo que tampoco comprendía, y no le dedicó mucho tiempo, ninguno, porque el tiempo era sólo y ya siempre, para aquel hijo que le impedía salir del parque, desde el primer día, desde los tres años que no estaba junto a él, oyendo su respiración o su sueño continuamente.

El colegio era donde debía estar. No estaba loca y sabía que todos los sueños del futuro, habrían de pasar porque Nino lo aprendiera todo, todo lo posible, y se convirtiera en lo que él quisiera porque él querría lo mejor, seguro, para sí mismo. Ella le ayudaría a todo y estaría siempre a su lado, dispuesta a parar con su cuerpo y su alma, con todas sus fuerzas, todos los problemas que pudieran presentarse.

El tiempo pasó deprisa, pensaba Isabel. Sin darse cuenta, hubo más parques donde esperó más tarde. Y después, a la puerta de la Universidad, hasta que Nino tomó un avión que le llevó lejos, buscando quizás a su padre o quizás tan solo espacio.

Isabel se quedó en el parque sentada, hasta hoy.

AHORA

No sabe porqué ahora recordaba las numerosas veces que había entrado en esa cafetería sólo para ver si ella pasaba por la calle donde estaba abierta. Ahora, era fácil pensar en ese absurdo, y menos cómodo, en el tiempo perdido. Ahora, justo ahora y sin saber porqué, sus recuerdos le habían llevado a aquellos días, hacía muchos años ya, en que quiso un milagro sin procurarlo.

Después se enredaron las cosas o él las enredó, ya no lo podría precisar, y se sucedieron los hechos uno tras otro sin que pudieran pararse y su vida se bifurcó de la de ella, tomó otro rumbo y nunca volvieron a encontrarse, no sabía si gracias a Dios o desgraciadamente. Ahora.

No quería reconocer que mirando hacia delante, nunca dejó de mirar hacia atrás aunque no lo dijo. Se conformó y se adaptó aunque no olvidó lo que había sentido. 

Era absurdo acordarse ahora. A saber dónde estaría ella, quizás en otro país, desde luego con otros sueños y otras necesidades diferentes a las suyas. Puede ser que hubiera tenido hijos. Marido, seguro, o al menos varios amantes pensaba, como él había sido quizás para ella, pues puede ser que no pasara de eso, y por cierto una categoría, una denominación que no le gustaba del todo por muy romántica que los demás la imaginaran. Para él significaba, si bien había conocido la emoción, el disfrute y el placer, un quiero y no puedo o peor, un puedo y no quiero. Y siempre había pensado que en todo caso, los amantes si no pueden evitar serlo, deben compartir un pequeño espacio de tiempo vital, pues más, teñía de patetismo la relación.

Creía que necesitaba amar para disfrutar de la pasión y ahora sabía que no. Que a ella la habría deseado poseer aún no amándola. Antes de todo. Y así lo hizo, aunque luego la amó, un poco de tiempo, muy poco.

Ahora viudo, sentado en el sillón de su casa dormitando, su duermevela le había llevado a las cañas de cerveza que se tomó en aquel bar por si ella pasaba por allí. Con miedo de que lo hiciera y con desesperación por si no lo hacía. Y sin embargo, en estos años pasados no podría decir que no hiciera lo correcto. O al menos lo que pudo, y quien hace lo que puede no está obligado a más.

Y un día, ya no entró más a ese bar y no sé sentó en un taburete de cara a la calle. Ahora, pensaba cómo no hizo nada por buscarla y cómo hizo lo de esperarla sin posibilidades de que ella pasara y lo viera y quisiera verlo y sentarse a su lado a tomar algo junto a él y después… Bueno, eso no lo sabía. Ahora sabe sólo que eso es lo que hizo. Ahora sabe lo que no hizo.

Enseguida amó a otra mujer. Ahora y siempre supo que de otra manera. Y se justificó pensando que no es posible amar igual a dos personas distintas y que por tanto, a la suya, no la había amado menos. Ahora, sabe que sí.

Y vuelve recordando al bar y no sabe el nombre que tenía ni cuántos días fueron los que esperó ni si las paredes estaban pintadas de verde o de gris o los camareros estaban o no ajenos a su tragedia, que para él lo era, ni tampoco la marca de la cerveza o el tamaño de los vasos.

Ahora, recuerda su risa y sus ojos, sus incesantes palabras, sus bromas, su dulzura y esa vitalidad que le hacía parecer más joven. Ahora, daría mucho por volver al tiempo que sabe que no vuelve atrás y ahora, le diría muchas cosas.

Ahora, ella ya no está. Ahora.

TRAZOS DE AGUA

Un joven sale del agua del mar chorreando como no podría ser de otra forma. A su lado, su colega que viene del mismo sitio, no parece haber salido a la vez. El líquido le ha resbalado deprisa por la piel y parece ya casi seco o al menos, no gotea tanto -lo que tiene el agua, ese misterio, lo tienen también muchas cosas que a unos nos resbalan y a otros no-.

Hay cuerpos que parecen barnizados y brillan como estrellas en la noche cuando se mojan -aquí podríamos decir que secos, todos somos iguales-. Pero tampoco.

En la playa hay distintas razas y pueblos -algunos de otras comunidades autónomas-, y sin embargo, todos parecen sonreír  y disfrutar al bañarse -reflexiono en el calor del mediodía, pero consciente, si no podríamos evitar los enfrentamientos y las guerras metiéndonos todos en el mar a la vez-, pero a pesar de la ayuda de los medios electrónicos, la convocatoria es difícil. Debe ser el descanso que nos procuran estos días de vacaciones, los que hacen imaginar un mundo feliz. Posible -o tengo ya una insolación-.

A lo lejos, un hombre de mediana edad, hace malabarismos para quitarse el bañador mojado. El agua de su piel, no facilita la bajada de uno ni la subida de otro -los bañadores- y somos capaces de hacer posturas de contorsionista para lograr que no nos vean lo que nadie nos ve -probablemente-. Más lejos, unos niños enjuagan sus cuerpos desnudos en el agua de la orilla mientras su padre escurre sus bañadores al lado. Comprobamos que el pudor está relacionado con el tamaño -con perdón- .

Las mujeres tiene extraños códigos internos y no paran de modificar los tirantes de sus bañadores y biquinis, y cuando salen del baño se los desabrochan y los colocan de otra manera, y cuando se medio secan, de otra, y cuando vuelven al agua, de otra distinta -seguro que responde a alguna utilidad-.

Una toalla y un mantel -parece- se han empapado al subir la marea y sus dueños deben estar ajenos y gozosos dentro del agua. Nadie acude en ayuda de esos seres inertes que corren una extraña suerte, la de pesar un quintal mojados, cuando nosotros parecemos no pesar dentro del agua. Cuando salen, lamentan la suerte de sus enseres playeros y la indiferencia del resto de personas les dice que cada uno debe ocuparse de sus cosas. 

Un hombre joven y musculoso -ahora todos- salpica a su novia con el agua que trae en sus manos en forma de cuenco. Ella chilla y trata de protegerse sin resultado. El agua no parece ser un enemigo de igual talla y gana siempre. Deben quererse, porque ríen juntos después y no parece ser grave el susto o el escalofrío que ha sentido en su espalda.

Viene tosiendo de la orilla una niña de unos ocho años y se acerca a su padre para decirle que ha tragado agua. El padre le pregunta la razón y ella no sabe contestar, pero continúa carraspeando y haciendo gestos de asco con la lengua fuera de la boca -no del todo, claro-. No parece un asunto grave. 

Las cazuelas de los biquinis de las mujeres -las que aún lo llevan-, están forradas con gomaespuma y al salir del baño pesan, y ellas con las dos manos, las aprietan para que pierdan algo de agua -este gesto debe tener poca importancia para todo el mundo-. Los diseñadores de ropa de baño trabajan en sus talleres absolutamente en seco. No deben ni beber.

Por la cintura de los adolescentes varones asoma una franja que anuncia marcas de calzoncillos. No importa que al mojarse pese más -desconocemos el misterio de la doble prenda tan habitual en las playas y piscinas-. Bañador y calzoncillo, y saltan y corren y juegan al fútbol mojados y pesados, pesados y mojados, sin que el fenómeno pierda adictos con el paso de los años. No parece higiénico -mejor, no opinar-.

Tres señoras acercan sus tumbonas a la orilla para seguir hablando mientras sus pies se mojan y se mojan y se vuelven a mojar -no es un villancico- y el aluminio de las patas de las sillas sigue la misma suerte -pero peor- y se va oxidando y arruinando.

Unas bellas señoritas, en número de cuatro, se tumban en la orilla. Sus perfectos cuerpos brillan con cada ola y sin embargo, los paseantes se incomodan y casi las pisan al caminar. La belleza no siempre alcanza el valor que se merece.

El verano deja trazos de agua en la piel.

TRAZOS DE ARENA

Todas las adolescentes y jóvenes clónicas llevan biquini con tanga en la parte inferior -cuando no lo es se lo arrugan y colocan hasta que lo parezca-. Son hermosas, pequeñas ninfas que se mueven entre el orgullo de saberse sin celulitis y el temor a no ser suficientemente bellas. Estas futuras mujeres, recorren incesantes la arena hasta el agua y después del baño vuelven algo apuradas por si se les nota algo que antes no se les notaba. Sus coetáneos varoniles no les prestan atención alguna, embrutecidos en la orilla -molestando- con el balón de fútbol a patada limpia o cabezazo. Todos quieren ser Ronaldo, para ponerse un brillante incrustado donde les dé la real gana -en cualquier sitio, sí-, y poseer un coche que rompa los límites de cualquier radar, sin saber que probablemente, el futbolista ya ha descubierto que lo verdaderamente bueno es mirar a esas vírgenes que ellos desprecian -supongo-. Al final, parece que lo que no puedes poseer del todo es lo que sigues deseando siempre.

Un señor que ya no va a cumplir los setenta, descansa en una hamaca rosa. A su lado, en hamaca azul, su pareja -lo sé porque se dan la mano de silla a silla- tiene veinticinco años menos que él y unos pechos lustrosos y llenos como cántaros que exhibe desenvuelta -hace bien- y que deben consolarle lo suyo  -a él y también a otros, si pudieran-. De vez en cuando él reparte en derredor una mirada desconfiada -tipo pueblo-, intentando ahuyentar moscones visuales a la vez que delimita el territorio -lo marca para ser exactos-. Ella lo que quiere es ponerse muy morena -como todas-.

Una familia tipo -papá, mamá, hijo e hija -blancos como la cal nos provocan a todos las ganas cual bomberos, de ir con nuestros sprays bronceadores -mejor, protectores-, a rociarlos, a barnizarlos con una película incolora que haga posible su sueño esta noche -nos abstenemos todos, allá penas-.

El hombre solo que viene cada día, parece hacerlo para hablar por teléfono mientras se abrasa sin sombrilla. Podría ser que tiene una amante y únicamente puede hablar con ella desde la playa, pero algo en su expresión denota que lo que no tiene es ninguna -no sabe lo que se pierde-.

Ha debido llegar un crucero porque se oyen voces argentinas en el arenal. Parecen ser un pueblo de sesudos y conscientes, irónicos y suspicaces, sin llegar a admirarse del todo de nada que no sea lo suyo. No se fían y nos piden que miremos sus cosas mientras van al agua -no miramos nada, sólo esperamos a que vuelvan-.

Una pareja -hombre y mujer, hay que decirlo y así vamos creando el hábito de no darlo por sentado- no salen de debajo de la sombrilla. No parecen querer mojarse -pasa mucho-. Otra cercana, deja vacía la sombra arrojada por la suya sobre la arena, y satisfechos de poseerla, se tuestan al sol. 

Una niña hace el pino puente en la orilla, incansablemente -como si recibiera una orden superior e intenta perfeccionarlo sin premio ni aliciente, sin espectadores, sin futuro ni final -o no lo sabemos-.

Una familia muy numerosa -parece un nuevo grupo político- busca un sitio para aposentarse y soltar todo lo que han acarreado hasta la playa, pero no hay consenso y deambulan con expresión de fastidio. Sus niños quieren detenerse ya para ir corriendo al agua pero en los adultos se ve la dificultad de la elección como si se tratara de la compra de un chalet para toda la vida y hubiera que tener en cuenta la orientación, el soleamiento, la luz o el sonido y fueran distintos en cada retal de arena.

Un niño -José Manuel- con bañador rojo de Spiderman, se ha perdido. Parecía imposible que con ese calzón de baño pudiera pasarte algo fastidioso, pero en el fondo perderse le beneficia -para que aprenda que la vida es una continua pérdida- y a los padres, también -debéis espabilar, bonitos-.

No es hora de merendar, pero unos lo hacen y otros comen y otros ayunan -sin invitar a los de al lado aunque estén cerca-, a veces tanto, que podrían intimar y no estaría de más ofrecer algo para abrir boca.

El agua sube y todos se repliegan en la arena seca -de nada sirvió elegir la parcela con cuidado-, mientras un hombre distraído acaricia a una mujer moviendo la mano como si estuviera limpiando cristales -deberían enseñar joder, bueno a eso también-, pero ella le da un abrazo. Quizás ha querido parar el movimiento o  incluso le gustaba mucho -tal vez la acariciaba como mejor sabía y ella lo sabía aunque yo no lo sabía -o se admite pulpo como animal de compañía-.

Trágicamente, un niño con las manos llenas de arena coge una galleta de chocolate y se la zampa sin que el grito de los padres le detenga. Le ha gustado. Sonríe feliz -a veces exageramos las desgracias-.

El verano deja rastros de arena en la piel -y en las galletas-.

TRAZOS DE SAL

Tendida sobre un colchón de agua -de aire-, una extranjera toma el sol, flanqueada a su izquierda por un compatriota con exagerada musculatura -hormonado en exceso-. Móvil en mano, decide hacerle una foto a la que ahora nos parece su novia, y se sitúa a horcajadas sobre ella -pero de pie-, mientras ésta se recoge como puede los enormes pechos que adornan su silueta curvilínea y oronda -como una fruta de Murcia-. Los junta, para que puedan salir en la toma los dos, porque sino, le podría pasar lo que a la maja desnuda que tiene un erial entre ellos, un valle donde cualquier peregrino se plantearía si subir o no a la otra cima, vista ya la primera.

Uno de los hombres que reparte bebidas por la playa, se sitúa en la escena -de espaldas al agua-, mirando -suponemos- a través de unos cristales absolutamente negros -como el alma de Judas-, mientras fuma un cigarro impertérrito y descansa el peso del carro que, ayudado por ruedas, arrastra. De pronto, grita “la llevó fresquita, eh, la llevó fresquita” y se refiere al agua, -claro-.

Una niña de 10 años decide bañarse sola desesperada. Daría la mitad de su reino porque su madre se bañara con ella, pero ésta mantiene una actitud laxa, desinteresada y poco edificante. Sin embargo, mientras la niña avanza hacia el agua, la madre le señala la cintura -entendemos que no debe meterse más adentro y que el mar rebase esa marca inexistente-. La niña salta y celebra cada ola, volviendo su carita para ver si la madre disfruta con ella la osadía y el logro de salir indemne, pero la madre no la mira -suponemos que ella no está saliendo triunfante de otras batallas- y la niña no deja de intentarlo por si suena la flauta -yo la miro y quiero jugar con ella, pero sé que no me dejaría esa madre-.

Una mujer de mediana edad acude con dos hijos adolescentes a la playa. Niño y niña, hombre y mujer, pues están en la edad de ser las dos cosas a la vez. La niña se desnuda completamente para ponerse el biquini, tranquilamente. Su sexo delicado está depilado y deja ver unos labios rosas -resulta erótico-. Su hermano le dice que lo está enseñando todo, pero la frase no expresa disgusto ni corrección. Más bien, broma. Ni la madre ni ella contestan. También le dice que tiene los pechos pequeños -no es cierto, aún-, y que se ha fijado en los pechos de todas sus amigas. No hay nada pecaminoso ni lascivo en sus palabras, ni tampoco descalificativo ni burla ni grosería. Habla como un homosexual exagerado -debe serlo-, pero no sé si él lo sabe y su hermana y su madre. Todo parece tan normal como el cielo que nos cubre. La madre no castra, no prohíbe, no dirige. Está tranquila.

Una pareja joven con una niña de unos tres años, sólo miran el milagro que han hecho juntos, y ya han dejado de mirarse. La niña caprichosa y gritona explota al límite su situación de privilegio -se te acabará bonita-. La hija es lo único que harán juntos pero no lo saben todavía -yo sí lo veo-.

Un niño de dos años llora por ir al agua. La madre abandona el letargo al sol y sin ganas, acude a la orilla con él. Una ola lo moja más de lo esperado y llora. La madre vuelve con él a la arena seca y al llegar a su campamento, llora de nuevo, ahora porque quiere ir al agua -Herodes no parece estar cerca, éste es territorio de Neptuno-.

Dos homosexuales toman el sol sentados en sus pulcras toallas paralelas y juntas. Otros dos pasean la orilla y los primeros resbalan sus miradas por ellos calibrando posibilidades futuras, combinaciones posibles, comparaciones inconfesables. Todos aspiramos a lo mejor o a lo que cegados, nos parece mucho mejor. El futuro es sólo para los valientes. Y han de serlo. Lo son, por lo hostiles que somos los demás con ellos -o lo cobardes-.

Una mujer cuida de sus padres ancianos. Corrige la sombrilla continuamente para que el sol no abrase sus pieles frágiles. Les pone crema en las piernas y les hace fotos en derredor porque tiene miedo de que sean las últimas. Ellos no saben posar -ahora todos sabemos, malditas selfies, autorretratos-. El padre no habla nada pero está disfrutando. La madre no disfruta pero habla sin parar.

Cuatro niñas adolescentes toman el sol con biquinis breves. Llegan tres niños de su edad, amigos, que multiplican sus tonterías en gestos y palabras para llamar su atención. Apenas se miran, pero una chica se enrolla deprisa una toalla en el cuerpo, tapándolo, y otra tira de los extremos para que se la quite pero su timidez no se lo permite. Otra se exhibe y se pone de pie y gasta bromas y los toca. Las otras dos permanecen a ras del suelo -no sé cuál sería yo de las cuatro-. Ellos son brutos, poco delicados, confusos entre lo que son y lo que deberían ser. Algunos no conseguirán jamás ser amables. Algunas niñas tendrán siempre complejo por su cuerpo -no sé que estamos enseñándoles-.

El verano deja trazos de sal en la piel.