MAR DE OLIVOS

El tren atraviesa un mar de olivos. Los pasajeros trastean con sus móviles sin levantar la mirada de sus pequeñas pantallas que ofrecen retazos, apuntes, fragmentos de sucesos que parecen importar más que todo lo de fuera, como si el mundo entero, lo que nos atañe, lo verdaderamente existente, se hubiera colado dentro de los millones de teléfonos que llevamos, y lo que queda fuera, no resultara necesario.

Maite los mira y decide mirar el paisaje que parece pasar rápido por las ventanas del tren, y que sólo es suyo porque nadie le presta atención. La señora del asiento de delante quiere bajar la cortinilla para que el sol no afecte a la pantalla que atiende ensimismada.

La tierra roja sujeta las raíces de los olivos y Maite observa su distribución geométrica que se mantiene tozuda sin modificarse por encima de lomas y valles.

Siente deseos de bajar del tren y perderse entre ellos. Imagina el oro que sueltan sus frutos y le parece que ella podría vivir de sólo mirarlos. Acaso conocerlos y si pasara paseándolos el tiempo suficiente, ponerles nombre, aprenderlos y distinguir unos de otros, sus troncos, sus ramas, sus cicatrices. Ella también las tiene, como todos, pero ha empezado a sentirse orgullosa porque ha sobrevivido contra todo pronóstico al dolor que ha dejado paso a una vida inimaginable que no quiere adjetivar de otra forma.

Quisiera también oír el ruido del campo, el murmullo del viento y los idiomas de muchos seres escondidos que no conoce pero que sabe que están ahí, comiendo o reproduciéndose en un ciclo vital probablemente más efímero que la vida humana.

También siente deseos de acariciarlos, de abrazarse a sus troncos, pero no parece que pueda hacerlo, al menos hoy, pero podría ser como cualquier otra cosa que pudiera suceder y sin saber cómo, un día se encontrara en esa situación entre olivos. Ella sabe que tiene algún secreto con ellos que no sabe. Siente que pertenece a esa tierra que le llama desde el tren y le cuenta historias mágicas de noches estrelladas y amores imposibles, porque ha descubierto que esos son los buenos, los únicos, los que pueden ser y han sido, sin poder ser ni siendo. Sonríe. Y levanta la cabeza por encima de los respaldos y todos siguen en el afán de los móviles, atentos a los trocitos de vida que desgranan.

El sol en el ocaso extiende largas las sombras de las copas y hace grandes, más grandes los olivos, que ahora se unen sólo con ellas, unos con otros, alfombrando la tierra roja y tocándose así cuando se acerca la noche. De esta forma, se hermanan y estrechan lazos y se saltan la geometría ayudados por el sol que se acuesta.

Maite piensa en un baño de aceite tibio y en un masaje suave, mientras anuncian que el tren va a llegar a su destino. Lo hará como tantas cosas y algunas, volverá a hacerlas, como tantas otras, y otras más no las hará nunca pero no le importa.

Ella es tierra roja en sus raíces y olivas son sus frutos. Sí lo sabe.

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DE VARIOS COLORES

Ya es primavera y Manuel ve desde la ventana las flores de su jardín, pero sólo se fija en las rosas. Las rosas están en el perímetro de la parcela porque así lo decidió hace muchos años. Hay de varios colores, rojas, amarillas, blancas. Las podó bien, con esfuerzo porque algunos tallos son troncos ya porque el rosal no es joven, como él.

Lleva años viéndolas explotar de los capullos y también mantenerse bellas unos días para después decaer, mustiarse y languidecer rodeadas de otras en pleno esplendor. Acaso sea eso la vida y no más, piensa, pero no está seguro de que eso sea así.

La última vez que se sintió joven bajó temprano y cogió dos o tres camino del trabajo, cuidadosamente depositadas en el maletero del coche. Aún se acuerda y no logra discernir si aquel acto tuvo demasiadas consecuencias. Sólo sabe que lo hizo porque le salió del alma que parece que es el sitio que alberga a capricho todas las cosas que juzgamos como verdaderas, como ineludibles y sí, lo hizo, apenas un detalle y la vida cambia para siempre.

Manuel se da cuenta de que está mirando por la ventana y recuerda que miraba por la ventana hace años cuando la soledad empezó a visitarle. Una soledad que trataba de ahuyentar sin hacer nada excepto quedarse pensativo tras los cristales esperando a que cambiaran las cosas que tozudamente no cambiaban.

Ahora las flores y todo lo demás no le importa. En lo más profundo de su corazón sabe que nada le interesa verdaderamente pero finge todo el tiempo aparentando interesarse por los demás, pero no puede con su alma y la soledad ya no se mueve de su lado en ningún momento. Ha descubierto que es una compañera de la muerte, acaso su amiga, que se presenta antes que la otra. Cuando eres viejo.

Pero hoy es primavera y la belleza que está mirando le recuerda un tiempo que ya no le pertenece. Hoy es hoy se dice y oye la voz de su mujer desde la cocina que le avisa de que ya está el café. Duda un momento y quiere bajar antes al jardín y coger tres rosas y ofrecérselas. Está seguro de que las merece pero no lo hace. Ya lo hizo.

La soledad le mantiene cauto. A nadie se confía. No le gusta estar solo pero no se siente acompañado excepto en las rutinas. El miedo le hace dócil cuando algo no le agrada.

Ya baja. Sonríe agradecido por el café que le ofrecen. Distrae su pensamiento con lo que ella le cuenta. Y se le olvidan las rosas, rojas, amarillas y blancas de la nueva primavera.

BAJO EL KILIMANJARO

Sí, te llevaría.

Claro que sí. Para ver en tus ojos reflejada la belleza.

Para mirar atónitos el ruido escondido y presente.

Para callar juntos. Para sentirnos nadie en el paraíso.

Por fin perdidos, ajenos, pequeños, por fin descansados de esto de aquí que hacemos grande y pretencioso.

Sí, te llevaría.

Para guardar silencio contigo. Para tener miedo de lo real, harta de tenerlo de lo ficticio.

Para mirar estrellas y ganar el sueño y perder el número.

Sí, te llevaría. Para gemir de noche con ellos al unísono. Contigo.

Te llevaría para encontrar lo perdido.

Para usar los cinco sentidos.

Para despertar instintos.

Para arraigarnos en el paraíso.

Sí, te llevaría.

Para que nunca nada volviera a ser lo mismo. Para detener el tiempo en este sitio.

Para bajar a la tierra, al suelo, y apoyarnos fuerte en lo que es destino.

Te llevaría para amar sin trabas, sin caminos ni opciones, sin compromisos. Sin elecciones absurdas, sin castigos. Sin éticas inventadas, sin caprichos.

Para amarte a ti, si vinieras conmigo.

LA ÚNICA NAVIDAD

Acaso fue la única o eso creyó cuando de nuevo, puntuales como cualquier año, se acercaron esos días de fiesta en los que todo el mundo parecía estar alegre y la ciudad se llenaba de luces multicolores que se mezclaban al atardecer con las de los semáforos y farolas, y con los faros de los vehículos que parecían multiplicarse siempre, precisamente también en esas fechas.

Mientras María volvía a casa desde el trabajo se dio cuenta de ello, de que no había tenido más que una navidad en su vida y sabía cuál había sido con una concreción que le hizo pensar que estaba en lo cierto. Tenía 10 años, sí, cuando eso sucedió, y además según sus cálculos, esa navidad no había durado más de cinco minutos. No es que no hubieran pasado más cosas aquel invierno ni aquellos señalados días, sino que nada fue tan importante ni nada se fijó de forma indeleble en su memoria ni nada llenó tanto de colorido sus ojos.

Ese espacio de tiempo lo situaba en la cocina de la casa de sus tíos. Sí, ahí se desarrolló la escena. Y además de ellos, estaban sus padres y otras personas de pie, hablando, y en el centro estaba ella, aquella joven rubia con los ojos muy negros girando sobre sí misma con aquella falda plisada de muchos colores que finalmente no fue suya. Eso también lo recuerda, a pesar de que era pequeña para enterarse de algunas cosas, pero de esa sí se enteró. Y aquella falda abierta como una flor mientras daba vueltas, dejando ver sus preciosas piernas torneadas, fue sustituida por otra más sobria más monjil quizás, que María presente, juzgó que no le favorecía o que no le correspondía, sino la otra, la que había detenido el tiempo de todos mirándola sorprendidos por su belleza y armonía, por su sensualidad ajena a todo artificio puesta de manifiesto en ese giro infinito que inflaba y elevaba aquella falda mientras su sonrisa, su gracia, su talle, su cintura guardaban las proporciones perfectas.

María quiso en ese momento tener esos 20 años, y saber cómo ella girar orgullosa y feliz con aquel regalo que pronto los mayores, intuyendo algún peligro, juzgaron inapropiado llegando a la conclusión de que le hacía mayor y debía elegir la otra, esa falda severa que no la convertiría por mucho que fuera la misma, en una mujer tan bonita sino en una niña más, discreta y anodina hasta que un día venidero inevitablemente, alguien descubriera el tesoro.

Pero eso no llegó jamás por mucho que habría sido lo menos malo.

No llegó y sin embargo, María sí cumplió 20 años al cabo de 10 y 30 más después de los veinte y alguno más que ya no fue múltiplo de los anteriores. Y en ninguno de ellos, encontró navidad alguna que le hiciera sentir tanta alegría como aquella en que fue espectadora de una conjunción astral entre regalo y dueño, ni nunca volvió a soñar con querer ser idéntica a alguien a quien la belleza había cogido como rehén sin soltarlo.

Ni siquiera pudo recordar el regalo, tal vez más de uno, que ella tuvo aquel año. Sería un juguete, supone, pero no lo sabe.

Al año siguiente, ya no hubo navidad ninguna. Desapareció de su vida como la muchacha rubia que giraba. No hubo regalos ni siquiera reunión familiar. Una ola densa de dolor llenó las gargantas de todos que callaron para no decir nada porque nada era mejor que el silencio que se había producido tras su muerte. Ningún adulto tuvo fuerzas para celebrar esos días tras aquello, y María sólo recuerda unas anginas con cuarenta de fiebre en una casa de otro lugar que no era el suyo, en un destierro pactado para que no viera tan de cerca el dolor de sus padres que ignoraron que también de lejos lo vio y lo sumó al suyo porque con 11 años, el confeti y los regalos se habían ido al país de nunca jamás de donde nunca volverían.

Mucho después, María intentó volver a aquellos años y a hacerse niña entre los brazos de un hombre, o de varios, y logró sonreír en el simulacro. Y en esa mezcla hubo alguno incluso que la sacó a bailar aunque no la quiso.

María decidió que no importaba haber tenido una única navidad si aquella había sido buena de verdad, y lo había sido sin duda. Siempre que se acercaban esos días cada año, tenía la inmensa suerte de que nada podía torcerse ni nada podía estropear ya aquella navidad porque con sólo cerrar los ojos, María veía a su hermana bailando en aquella cocina, con aquella falda de colores y aquella sonrisa, y el embeleso y la felicidad de los que la miraban, contagiándose unos a otros del orgullo de su belleza.

María le regalaba aquella falda cada año al recordarlo, no la otra, para que nunca dejara de girar contenta, y ese regalo era el más importante que hizo nunca, convencida de que por ello ésa era su mejor navidad, acaso la única que tuvo.

EN EL ESPEJO

En el espejo vio su imagen reflejada.

El vestido negro estaba entreabierto por un lateral, la cremallera bajada y Carlos pensó que esa mujer era atractiva y sensual como ninguna. Y ahora él estaba con ella.

Sin reparar en su mirada se desnudaba tranquila ante él aquella noche de invierno, en aquel hotel donde habrían de quedarse. Lucía sólo quería abrazarlo, notar su calor y su deseo sin que fuera imprescindible que el instinto ganara el espacio a la ternura, a la dulzura y a la complicidad.

Carlos le dijo que era una mujer muy bella y que todos la habían mirado cuando entró tarde al comedor y estaban ya sentados, sintiendo orgullo de amarla. Entonces, mirándose también en el espejo, la atrajo hacia sí y la besó apasionadamente mientras miraba la franja desnuda de su cuerpo con deseo.

Lucía acabó de desvestirse llena de amor por el que habría de ser su marido, risueña y sin prisas tuvo la sensación de sentirse segura para siempre, de haber acertado por fin y de tener al lado al hombre que colmaba su cuerpo y su alma, los oídos de palabras, la piel de caricias y los sueños de realidad. Y lo más importante, la risa, ésa que adornaba las conversaciones  de ambos, interrumpiéndolas, deteniéndolas un instante o desviándolas acaso hacia otros derroteros no menos interesantes ni fecundos.

Ella habría de entregarle todo, de enseñarle aquello que creía que también sería bueno para él sin duda, paisajes mágicos, lugares vacíos de miedo, músicas para el alma, cuentos de las mil y una noches, y otros alegres y tristes inventados solo para él. Historias para que jamás se sintiera solo, para ahuyentar el miedo. Palabras nuevas de un idioma que sólo él entendería y con nadie más hablaría. Serían cómplices de sus secretos y de sus sueños. Serían amigos. Sabrían de memoria los poros de sus pieles y la textura, y con los ojos cerrados podrían recorrerla certeros hasta erizarla o calmarla con deleite.

Después en la casa nueva pelearían con pasión para defender el mejor lugar para un cuadro o el lado preferido de la cama. Comprarían comidas que sólo a uno gustaran con la generosidad de saberse diferentes y el placer de disfrutarse precisamente por ello. Elegirían las películas ilusionados y viajarían menos de lo deseado pero abiertos a conocer lo distinto. Comprarían ropa al gusto de Carlos, al gusto de Lucía y al  gusto de los dos al menos, en los casos imposibles.

Eso soñaba Lucía mientras se dormía acurrucada contra el cuerpo de Carlos. Y el tiempo mágico de los dos amantes se detuvo y ni siquiera lo que después pasó pudo restarle belleza ni verdad. Ni tampoco impidió que pudiera ser escrito.

NINO

Septiembre comenzó ventoso como si quisiera desplazar al verano deprisa. Las hojas que caían continuamente de los árboles alfombraban los caminos y desdibujaban los senderos de los parques. También en aquel en el que Isabel se encontraba sentada en un banco, mirando absorta los colores amarillos, ocres y sepias que a lo lejos un jardinero barría descubriendo una de las veredas por las que ella había pasado tantas veces.

Por la mañana, había dejado por primera vez a Nino en el colegio. Su hijo, el único, el deseado, ese muñeco que le hacía sonreír en cada mirada, hipnotizada ante sus ojos y su piel nueva. Nino no había llorado, más bien no se había inmutado como los otros niños y parecía, con sus tres añitos cumplidos, saber más que su madre que él estaría bien allí con aquellos otros niños, con aquellas cuidadoras que sustituirían a su mamá durante unas horas, muchos días y muchos años después, otras y otros.

Isabel, sin embargo, no se sentía bien. El parque estaba al lado del colegio y ella no había sido capaz, después de dejarlo, de alejarse un poco más o de volver a casa. Y allí estaba, paralizada por el miedo, detenida en el tiempo y el espacio, recordando y volviendo al presente, recordando y visionando un futuro inventado. La noche en que se quedó embarazada la recordaba con nitidez. Lo había sabido justo en el momento en que su marido había engendrado con ella a ese niño que ambos deseaban tanto, y había elevado sus piernas, contra la pared apoyadas, tendida sobre su espalda, sin moverse un buen rato para que se produjera el milagro y la naturaleza tuviera tiempo y tranquilidad para hacer lo que debía, que no era otra cosa que lo que ambos deseaban, ese niño que nació perfecto nueve meses después. En ellos, Isabel había bailado por casa y había cantado sola. A ratos, le había hablado con voz dulce y le había contado maravillas de la vida, de las personas que lo amarían, de los paisajes que vería, de la luz y el sonido, de la risa, de los paseos por los bosques y los baños en la playa, de las comidas ricas y de los libros, no se le olvidaba nunca, de los libros que podría leer y con ellos viajar y amar y soñar y despertar o dormir. Con ella.

Luego vino la fiesta, el alumbramiento, y aquellos ojitos redondos que sin enfocar la miraban y aquellas manitas perfectas y aquellos piececitos mínimos que tanto le habría de gustar besar. Y también, fugazmente, el recuerdo de mirar a su marido agradecida, cuando él no la veía, por aquel tesoro que habían creado. Isabel supo que había dejado de amarlo en el momento en que dejaron a Nino en sus brazos y no pudo evitar no amarlo nunca más, sin remisión, ni compasión. Nada había sucedido, nada de lo que tuviera queja, nada reseñable. Y Pedro lo supo también y se marchó en silencio, vencido de antemano y convencido de que no podría cambiar aquella situación sobrevenida, extraña, impuesta no por ella que nada podía hacer contra sí misma. Y un día salió de sus vidas sin oponer resistencia, sin exigir, convencido de que  Nino había colmado de tal manera la felicidad de Isabel que nada podría aportar él. Se fue, renunciando a su hijo, confundido, perplejo, aceptando mejor perder a los dos que pelear por uno.

Isabel no pudo tampoco explicarse ni defenderse de algo que tampoco comprendía, y no le dedicó mucho tiempo, ninguno, porque el tiempo era sólo y ya siempre, para aquel hijo que le impedía salir del parque, desde el primer día, desde los tres años que no estaba junto a él, oyendo su respiración o su sueño continuamente.

El colegio era donde debía estar. No estaba loca y sabía que todos los sueños del futuro, habrían de pasar porque Nino lo aprendiera todo, todo lo posible, y se convirtiera en lo que él quisiera porque él querría lo mejor, seguro, para sí mismo. Ella le ayudaría a todo y estaría siempre a su lado, dispuesta a parar con su cuerpo y su alma, con todas sus fuerzas, todos los problemas que pudieran presentarse.

El tiempo pasó deprisa, pensaba Isabel. Sin darse cuenta, hubo más parques donde esperó más tarde. Y después, a la puerta de la Universidad, hasta que Nino tomó un avión que le llevó lejos, buscando quizás a su padre o quizás tan solo espacio.

Isabel se quedó en el parque sentada, hasta hoy.

AHORA

No sabe porqué ahora recordaba las numerosas veces que había entrado en esa cafetería sólo para ver si ella pasaba por la calle donde estaba abierta. Ahora, era fácil pensar en ese absurdo, y menos cómodo, en el tiempo perdido. Ahora, justo ahora y sin saber porqué, sus recuerdos le habían llevado a aquellos días, hacía muchos años ya, en que quiso un milagro sin procurarlo.

Después se enredaron las cosas o él las enredó, ya no lo podría precisar, y se sucedieron los hechos uno tras otro sin que pudieran pararse y su vida se bifurcó de la de ella, tomó otro rumbo y nunca volvieron a encontrarse, no sabía si gracias a Dios o desgraciadamente. Ahora.

No quería reconocer que mirando hacia delante, nunca dejó de mirar hacia atrás aunque no lo dijo. Se conformó y se adaptó aunque no olvidó lo que había sentido. 

Era absurdo acordarse ahora. A saber dónde estaría ella, quizás en otro país, desde luego con otros sueños y otras necesidades diferentes a las suyas. Puede ser que hubiera tenido hijos. Marido, seguro, o al menos varios amantes pensaba, como él había sido quizás para ella, pues puede ser que no pasara de eso, y por cierto una categoría, una denominación que no le gustaba del todo por muy romántica que los demás la imaginaran. Para él significaba, si bien había conocido la emoción, el disfrute y el placer, un quiero y no puedo o peor, un puedo y no quiero. Y siempre había pensado que en todo caso, los amantes si no pueden evitar serlo, deben compartir un pequeño espacio de tiempo vital, pues más, teñía de patetismo la relación.

Creía que necesitaba amar para disfrutar de la pasión y ahora sabía que no. Que a ella la habría deseado poseer aún no amándola. Antes de todo. Y así lo hizo, aunque luego la amó, un poco de tiempo, muy poco.

Ahora viudo, sentado en el sillón de su casa dormitando, su duermevela le había llevado a las cañas de cerveza que se tomó en aquel bar por si ella pasaba por allí. Con miedo de que lo hiciera y con desesperación por si no lo hacía. Y sin embargo, en estos años pasados no podría decir que no hiciera lo correcto. O al menos lo que pudo, y quien hace lo que puede no está obligado a más.

Y un día, ya no entró más a ese bar y no sé sentó en un taburete de cara a la calle. Ahora, pensaba cómo no hizo nada por buscarla y cómo hizo lo de esperarla sin posibilidades de que ella pasara y lo viera y quisiera verlo y sentarse a su lado a tomar algo junto a él y después… Bueno, eso no lo sabía. Ahora sabe sólo que eso es lo que hizo. Ahora sabe lo que no hizo.

Enseguida amó a otra mujer. Ahora y siempre supo que de otra manera. Y se justificó pensando que no es posible amar igual a dos personas distintas y que por tanto, a la suya, no la había amado menos. Ahora, sabe que sí.

Y vuelve recordando al bar y no sabe el nombre que tenía ni cuántos días fueron los que esperó ni si las paredes estaban pintadas de verde o de gris o los camareros estaban o no ajenos a su tragedia, que para él lo era, ni tampoco la marca de la cerveza o el tamaño de los vasos.

Ahora, recuerda su risa y sus ojos, sus incesantes palabras, sus bromas, su dulzura y esa vitalidad que le hacía parecer más joven. Ahora, daría mucho por volver al tiempo que sabe que no vuelve atrás y ahora, le diría muchas cosas.

Ahora, ella ya no está. Ahora.