TRAZOS DE AGUA

Un joven sale del agua del mar chorreando como no podría ser de otra forma. A su lado, su colega que viene del mismo sitio, no parece haber salido a la vez. El líquido le ha resbalado deprisa por la piel y parece ya casi seco o al menos, no gotea tanto -lo que tiene el agua, ese misterio, lo tienen también muchas cosas que a unos nos resbalan y a otros no-.

Hay cuerpos que parecen barnizados y brillan como estrellas en la noche cuando se mojan -aquí podríamos decir que secos, todos somos iguales-. Pero tampoco.

En la playa hay distintas razas y pueblos -algunos de otras comunidades autónomas-, y sin embargo, todos parecen sonreír  y disfrutar al bañarse -reflexiono en el calor del mediodía, pero consciente, si no podríamos evitar los enfrentamientos y las guerras metiéndonos todos en el mar a la vez-, pero a pesar de la ayuda de los medios electrónicos, la convocatoria es difícil. Debe ser el descanso que nos procuran estos días de vacaciones, los que hacen imaginar un mundo feliz. Posible -o tengo ya una insolación-.

A lo lejos, un hombre de mediana edad, hace malabarismos para quitarse el bañador mojado. El agua de su piel, no facilita la bajada de uno ni la subida de otro -los bañadores- y somos capaces de hacer posturas de contorsionista para lograr que no nos vean lo que nadie nos ve -probablemente-. Más lejos, unos niños enjuagan sus cuerpos desnudos en el agua de la orilla mientras su padre escurre sus bañadores al lado. Comprobamos que el pudor está relacionado con el tamaño -con perdón- .

Las mujeres tiene extraños códigos internos y no paran de modificar los tirantes de sus bañadores y biquinis, y cuando salen del baño se los desabrochan y los colocan de otra manera, y cuando se medio secan, de otra, y cuando vuelven al agua, de otra distinta -seguro que responde a alguna utilidad-.

Una toalla y un mantel -parece- se han empapado al subir la marea y sus dueños deben estar ajenos y gozosos dentro del agua. Nadie acude en ayuda de esos seres inertes que corren una extraña suerte, la de pesar un quintal mojados, cuando nosotros parecemos no pesar dentro del agua. Cuando salen, lamentan la suerte de sus enseres playeros y la indiferencia del resto de personas les dice que cada uno debe ocuparse de sus cosas. 

Un hombre joven y musculoso -ahora todos- salpica a su novia con el agua que trae en sus manos en forma de cuenco. Ella chilla y trata de protegerse sin resultado. El agua no parece ser un enemigo de igual talla y gana siempre. Deben quererse, porque ríen juntos después y no parece ser grave el susto o el escalofrío que ha sentido en su espalda.

Viene tosiendo de la orilla una niña de unos ocho años y se acerca a su padre para decirle que ha tragado agua. El padre le pregunta la razón y ella no sabe contestar, pero continúa carraspeando y haciendo gestos de asco con la lengua fuera de la boca -no del todo, claro-. No parece un asunto grave. 

Las cazuelas de los biquinis de las mujeres -las que aún lo llevan-, están forradas con gomaespuma y al salir del baño pesan, y ellas con las dos manos, las aprietan para que pierdan algo de agua -este gesto debe tener poca importancia para todo el mundo-. Los diseñadores de ropa de baño trabajan en sus talleres absolutamente en seco. No deben ni beber.

Por la cintura de los adolescentes varones asoma una franja que anuncia marcas de calzoncillos. No importa que al mojarse pese más -desconocemos el misterio de la doble prenda tan habitual en las playas y piscinas-. Bañador y calzoncillo, y saltan y corren y juegan al fútbol mojados y pesados, pesados y mojados, sin que el fenómeno pierda adictos con el paso de los años. No parece higiénico -mejor, no opinar-.

Tres señoras acercan sus tumbonas a la orilla para seguir hablando mientras sus pies se mojan y se mojan y se vuelven a mojar -no es un villancico- y el aluminio de las patas de las sillas sigue la misma suerte -pero peor- y se va arruinando y oxidando.

Unas bellas señoritas, en número de cuatro, se tumban en la orilla. Sus perfectos cuerpos brillan con cada ola y sin embargo, los paseantes se incomodan y casi las pisan al caminar. La belleza no siempre alcanza el valor que se merece.

El verano deja trazos de agua en la piel.

TRAZOS DE ARENA

Todas las adolescentes y jóvenes clónicas llevan biquini con tanga en la parte inferior -cuando no lo es se lo arrugan y colocan hasta que lo parezca-. Son hermosas, pequeñas ninfas que se mueven entre el orgullo de saberse sin celulitis y el temor a no ser suficientemente bellas. Estas futuras mujeres, recorren incesantes la arena hasta el agua y después del baño vuelven algo apuradas por si se les nota algo que antes no se les notaba. Sus coetáneos varoniles no les prestan atención alguna, embrutecidos en la orilla -molestando- con el balón de fútbol a patada limpia o cabezazo. Todos quieren ser Ronaldo, para ponerse un brillante incrustado donde les dé la real gana -en cualquier sitio, sí-, y poseer un coche que rompa los límites de cualquier radar, sin saber que probablemente, el futbolista ya ha descubierto que lo verdaderamente bueno es mirar a esas vírgenes que ellos desprecian -supongo-. Al final, parece que lo que no puedes poseer del todo es lo que sigues deseando siempre.

Un señor que ya no va a cumplir los setenta, descansa en una hamaca rosa. A su lado, en hamaca azul, su pareja -lo sé porque se dan la mano de silla a silla- tiene veinticinco años menos que él y unos pechos lustrosos y llenos como cántaros que exhibe desenvuelta -hace bien- y que deben consolarle lo suyo  -a él y también a otros, si pudieran-. De vez en cuando él reparte en derredor una mirada desconfiada -tipo pueblo-, intentando ahuyentar moscones visuales a la vez que delimita el territorio -lo marca para ser exactos-. Ella lo que quiere es ponerse muy morena -como todas-.

Una familia tipo -papá, mamá, hijo e hija -blancos como la cal nos provocan a todos las ganas cual bomberos, de ir con nuestros sprays bronceadores -mejor, protectores-, a rociarlos, a barnizarlos con una película incolora que haga posible su sueño esta noche -nos abstenemos todos, allá penas-.

El hombre solo que viene cada día, parece hacerlo para hablar por teléfono mientras se abrasa sin sombrilla. Podría ser que tiene una amante y únicamente puede hablar con ella desde la playa, pero algo en su expresión denota que lo que no tiene es ninguna -no sabe lo que se pierde-.

Ha debido llegar un crucero porque se oyen voces argentinas en el arenal. Parecen ser un pueblo de sesudos y conscientes, irónicos y suspicaces, sin llegar a admirarse del todo de nada que no sea lo suyo. No se fían y nos piden que miremos sus cosas mientras van al agua -no miramos nada, sólo esperamos a que vuelvan-.

Una pareja -hombre y mujer, hay que decirlo y así vamos creando el hábito de no darlo por sentado- no salen de debajo de la sombrilla. No parecen querer mojarse -pasa mucho-. Otra cercana, deja vacía la sombra arrojada por la suya sobre la arena, y satisfechos de poseerla, se tuestan al sol. 

Una niña hace el pino puente en la orilla, incansablemente -como si recibiera una orden superior e intenta perfeccionarlo sin premio ni aliciente, sin espectadores, sin futuro ni final -o no lo sabemos-.

Una familia muy numerosa -parece un nuevo grupo político- busca un sitio para aposentarse y soltar todo lo que han acarreado hasta la playa, pero no hay consenso y deambulan con expresión de fastidio. Sus niños quieren detenerse ya para ir corriendo al agua pero en los adultos se ve la dificultad de la elección como si se tratara de la compra de un chalet para toda la vida y hubiera que tener en cuenta la orientación, el soleamiento, la luz o el sonido y fueran distintos en cada retal de arena.

Un niño -José Manuel- con bañador rojo de Spiderman, se ha perdido. Parecía imposible que con ese calzón de baño pudiera pasarte algo fastidioso, pero en el fondo perderse le beneficia -para que aprenda que la vida es una continua pérdida- y a los padres, también -debéis espabilar bonitos-.

No es hora de merendar, pero unos lo hacen y otros comen y otros ayunan -sin invitar a los de al lado aunque estén cerca-, a veces tanto, que podrían intimar y no estaría de más ofrecer algo para abrir boca.

El agua sube y todos se repliegan en la arena seca -de nada sirvió elegir la parcela con cuidado-, mientras un hombre distraído acaricia a una mujer moviendo la mano como si estuviera limpiando cristales -deberían enseñar joder, bueno a eso también-, pero ella le da un abrazo. Quizás ha querido parar el movimiento o  incluso le gustaba mucho -tal vez la acariciaba como mejor sabía y ella lo sabía aunque yo no lo sabía -o se admite pulpo como animal de compañía-.

Trágicamente, un niño con las manos llenas de arena coge una galleta de chocolate y se la zampa sin que el grito de los padres le detenga. Le ha gustado. Sonríe feliz -a veces exageramos las desgracias-.

El verano deja rastros de arena en la piel -y en las galletas-.

TRAZOS DE SAL

Tendida sobre un colchón de agua -de aire-, una extranjera toma el sol, flanqueada a su izquierda por un compatriota con exagerada musculatura -hormonado en exceso-. Móvil en mano, decide hacerle una foto a la que ahora nos parece su novia, y se sitúa a horcajadas sobre ella -pero de pie-, mientras ésta se recoge como puede los enormes pechos que adornan su silueta curvilínea y oronda -como una fruta de Murcia-. Los junta, para que puedan salir en la toma los dos, porque sino, le podría pasar lo que a la maja desnuda que tiene un erial entre ellos, un valle donde cualquier peregrino se plantearía si subir o no a la otra cima, vista ya la primera.

Uno de los hombres que reparte bebidas por la playa, se sitúa en la escena -de espaldas al agua-, mirando -suponemos- a través de unos cristales absolutamente negros -como el alma de Judas-, mientras fuma un cigarro impertérrito y descansa el peso del carro que, ayudado por ruedas, arrastra. De pronto, grita “la llevó fresquita, eh, la llevó fresquita” y se refiere al agua, -claro-.

Una niña de 10 años decide bañarse sola desesperada. Daría la mitad de su reino porque su madre se bañara con ella, pero ésta mantiene una actitud laxa, desinteresada y poco edificante. Sin embargo, mientras la niña avanza hacia el agua, la madre le señala la cintura -entendemos que no debe meterse más adentro y que el mar rebase esa marca inexistente-. La niña salta y celebra cada ola, volviendo su carita para ver si la madre disfruta con ella la osadía y el logro de salir indemne, pero la madre no la mira -suponemos que ella no está saliendo triunfante de otras batallas- y la niña no deja de intentarlo por si suena la flauta -yo la miro y quiero jugar con ella, pero sé que no me dejaría esa madre-.

Una mujer de mediana edad acude con dos hijos adolescentes a la playa. Niño y niña, hombre y mujer, pues están en la edad de ser las dos cosas a la vez. La niña se desnuda completamente para ponerse el biquini, tranquilamente. Su sexo delicado está depilado y deja ver unos labios rosas -resulta erótico-. Su hermano le dice que lo está enseñando todo, pero la frase no expresa disgusto ni corrección. Más bien, broma. Ni la madre ni ella contestan. También le dice que tiene los pechos pequeños -no es cierto, aún-, y que se ha fijado en los pechos de todas sus amigas. No hay nada pecaminoso ni lascivo en sus palabras, ni tampoco descalificativo ni burla ni grosería. Habla como un homosexual exagerado -debe serlo-, pero no sé si él lo sabe y su hermana y su madre. Todo parece tan normal como el cielo que nos cubre. La madre no castra, no prohíbe, no dirige. Está tranquila.

Una pareja joven con una niña de unos tres años, sólo miran el milagro que han hecho juntos, y ya han dejado de mirarse. La niña caprichosa y gritona explota al límite su situación de privilegio -se te acabará bonita-. La hija es lo único que harán juntos pero no lo saben todavía -yo sí lo veo-.

Un niño de dos años llora por ir al agua. La madre abandona el letargo al sol y sin ganas, acude a la orilla con él. Una ola lo moja más de lo esperado y llora. La madre vuelve con él a la arena seca y al llegar a su campamento, llora de nuevo, ahora porque quiere ir al agua -Herodes no parece estar cerca, éste es territorio de Neptuno-.

Dos homosexuales toman el sol sentados en sus pulcras toallas paralelas y juntas. Otros dos pasean la orilla y los primeros resbalan sus miradas por ellos calibrando posibilidades futuras, combinaciones posibles, comparaciones inconfesables. Todos aspiramos a lo mejor o a lo que cegados, nos parece mucho mejor. El futuro es sólo para los valientes. Y han de serlo. Lo son, por lo hostiles que somos los demás con ellos -o lo cobardes-.

Una mujer cuida de sus padres ancianos. Corrige la sombrilla continuamente para que el sol no abrase sus pieles frágiles. Les pone crema en las piernas y les hace fotos en derredor porque tiene miedo de que sean las últimas. Ellos no saben posar -ahora todos sabemos, malditas selfies, autorretratos-. El padre no habla nada pero está disfrutando. La madre no disfruta pero habla sin parar.

Cuatro niñas adolescentes toman el sol con biquinis breves. Llegan tres niños de su edad, amigos, que multiplican sus tonterías en gestos y palabras para llamar su atención. Apenas se miran, pero una chica se enrolla deprisa una toalla en el cuerpo, tapándolo, y otra tira de los extremos para que se la quite pero su timidez no se lo permite. Otra se exhibe y se pone de pie y gasta bromas y los toca. Las otras dos permanecen a ras del suelo -no sé cuál sería yo de las cuatro-. Ellos son brutos, poco delicados, confusos entre lo que son y lo que deberían ser. Algunos no conseguirán jamás ser amables. Algunas niñas tendrán siempre complejo por su cuerpo -no sé que estamos enseñándoles-.

El verano deja trazos de sal en la piel.

AGUA Y ACEITE

Amira tenía ocho años cuando sus padres la prometieron. En la reunión que se celebró en su casa para el acuerdo, con sus progenitores y muchas personas que no conocía, sus tíos y sus hermanos y hermanas, y maridos y mujeres de todos, ella estuvo ajena jugando con todos sus primos.

Ahora, con diecisiete años era la protagonista de la fiesta que se celebraría antes de la boda. El tiempo había pasado sin que hubiera visto a Abbas más de tres veces en los últimos diez años y sin embargo, en su propia casa, sus padres, hablaban de él a menudo, orgullosos de los progresos económicos que el joven, futuro marido de su hija, estaba teniendo en el negocio que había abierto en la Medina.  Esa familiaridad de nombrarlo cada día, había logrado hacer un poso de ilusión en Amira, quien quizás aún no le amaba pero sabía que no lo rechazaba y que su unión no sería como el agua y el aceite que le contaban otras amigas desposadas hacía tiempo. Mismo recipiente, le decían, pero ninguna mezcla entre las almas. Amira imaginaba entonces la gota de aceite en el vaso de agua, sin que ninguna de las sustancias pudiera escapar de la otra ni del recipiente, pero sin fundirse o transformarse en algo nuevo, ni aceite ni agua, produciéndole eso, mucha tristeza. Por la noche, preocupada, daba vueltas y siempre concluía que por la mañana haría la prueba y, batiéndolo mucho, conseguiría mezclar los contenidos. Después, regresando la luz y el sonido, olvidaba la prueba y se imbuía de los quehaceres de la casa que nunca eran pocos.

Para la ocasión le habían comprado un vestido color pomelo brillante que rivalizaba en destellos con el azabache de su pelo negro, recogido en parte, y con sus ojos de niña traviesa y su sonrisa de dientes blancos. Hoy, le dejarían hablar con Abbas a solas, observados de lejos, pero sin que sus palabras, las que fueran, pudieran ser oídas por todos. Hasta entonces, las tres veces que se habían visto, la sonrisa ofrecida a los demás, se había tornado en gesto congelado cuando de lejos en la misma estancia, se cruzaban sus miradas. La primera vez no pudo sonreír porque sólo veía aquel delgaducho inexpresivo que tampoco parecía mirarla. La segunda, no sonrió porque su padre la escrutaba y no sabía lo que debía hacer para agradarle y la tercera, justo cuando Abbas y ella iniciaban la mueca, entraron todas las mujeres de la casa en la sala, con bandejas de comida preciosa para los hombres, interponiendo sus figuras entre ambos. 

Pero hoy era distinto. Hoy, podría mirarlo detenidamente y sonreír sin disimulo ante aquel que habría de ser su marido, uno bueno, el único, el deseado que podría demostrarle sin vaso ni agua ni aceite, que sus amigas se equivocaban. Amira sabía que su nombre significaba princesa y hoy lo era sin duda en aquella celebración inolvidable. Sentada con las mujeres en otra sala, comía sonriente con pensamientos que nunca contaría a nadie. Tampoco a él, a Abbas, cuyo nombre significaba león y si ese animal era el rey por excelencia de la selva, ella sería una digna esposa como princesa.

Los hombres comieron y rieron, hablaron y fumaron hermanados por su género y con la satisfacción de hacer aquello que estaba bien hecho y seguía las leyes divinas. Las mujeres se miraron y piropearon entre ellas, orgullosas de su poder que, aparentemente disminuido en algunas ocasiones, no lo era en el interior de los cuartos y aposentos donde dirigían con hilos invisibles las vidas de sus hombres. Y por fin, llegó el momento. Abbas fue puesto en pie a la vez que Amira en su sala y se les condujo al pórtico de acceso al jardín interior de la casa. Cuando estuvieron frente a frente, por primera vez solos, Amira sonrió mientras Abbas se acercaba a decirle algo al oído, las primeras palabras para ella sola que jamás olvidaría.

Amira y Abbas, casaron una semana después y su boda duró los ocho días previstos en los que tuvieron que atender a tantos parientes que perdieron la cuenta, agradecidos por los presentes con que eran obsequiados. Y esas ocho noches, Abbas le dijo a Amira, siempre al oído, algo sólo para ella que tampoco jamás olvidaría, sin tomarla aún, sin besarla más que en los pies, hasta caer rendidos hasta la mañana siguiente.

Cuando el último pariente salió de la casa de los padres de Abbas, el octavo día, él la llevó de la mano a sus aposentos y ella supo que el tiempo de camino hasta ellos, al otro lado del jardín, era aquel del que disponía para desearlo antes de que llegaran. Amira desapareció unos largos momentos para arreglarse de forma especial, para ofrecerse femenina y sensual ante su marido, aquel que le habló antes al oido una vez, y después ocho más, enamorándola. Abbas mientras, se despojó de sus vestidos de boda y se vistió con una túnica blanca y unas babuchas negras de plata bordadas. Amira salió despacio y se presentó ante él erguida y orgullosa con el camisón de raso blanco que dibujaba su silueta y marcaba sus turgentes pechos, y el pelo negro deshecho del peinado que había lucido aquel octavo día. Sus babuchas blancas apenas asomaban bajo su vestido.

Abbas lo había dicho todo ya. Y por ello, tan sólo usó su boca para amarla, besando sus cabellos y sus labios. Barnizó todo su cuerpo con saliva y acarició con su lengua su envoltura de piel hasta erizarla y después calmarla y después otra vez, hasta que los besos se apasionaron y se distribuyeron feroces por toda la geografía de su mapa. Y entonces Amira se acercó a su oído y fue ella quien le dijo algo, y él supo lo que debía hacer y lo hizo, y la princesa se acordó del aceite y el agua, del agua y del aceite, y sintió en su ser la perfección de la mezcla imposible, que buscó sin reparo ni vergüenza muchas noches, aprendiendo a amar y a deleitar a su marido, segura de haber descubierto la fórmula secreta.

FITO Y BLANCO

Fito llegó a casa en una caja de cartón. Mi hermano y yo lo habíamos pedido, rogado e intercambiado con nuestros padres por miles de promesas de portarnos bien o recoger los juguetes, que no siempre se cumplieron. Por fín, cuando nos fuimos a vivir a una casa con jardín a las afueras de Madrid, mis padres cedieron a la súplica y un día como cualquier otro, mi padre entró en casa, besó a mi madre, nos llamó y puso sobre la mesa el paquete sorpresa que cambió nuestra vida para siempre.

El perro era mínimo, un cachorro que tenía aún los ojos cerrados o lo parecía, con hocico chato y rabito corto que había que alimentar con biberón y cuya responsabilidad recayó sobre mi madre de la que no nos separábamos mientras lo alimentaba, oyendo con risas el sonido de los chupeteos y lametazos con que arremetía a la tetina. Mi padre sin embargo, atendía su desarrollo en el jardín. Los primeros escarceos miedosos pero imparables con que iba descubriendo un territorio que creyendo nuestro, fue suyo desde el primer paso cuadrúpedo que dió, aunque no avanzara con él ni veinte centímetros.

Muy deprisa, Fito creció y se convirtió en uno más de la familia, dejando de ser el juguete del principio para convertirse en ese más del que también se tienen en cuenta sus opiniones, deseos y necesidades y que bien aprendimos a interpretar, como cualquier otro idioma, cuando movía su rabo o clavaba su mirada en la nuestra o ladraba distinto de alegría o pena o negación, modificando a veces, los planes de toda su familia.

Desde el principio, tuvo una casa de madera en el jardín, un chalet como mi hermano y yo decíamos, a la que sólo entraba cuando el sol hiriente de verano le castigaba el lomo, metiéndose lo justo, la mitad del cuerpo, poniendo a la sombra y refrigerando los cuartos traseros. De noche sin embargo, no fue posible que se quedara fuera y se quedaba acostado en el suelo de la habitación de mi hermano al que obligó a no cerrar la puerta nunca porque a veces necesitaba andurrear por toda la casa. Mi padre decía que habíamos hecho un perro demasiado fino y educado y mi madre añadía que era un mimado y consentido. Pero yo sabía que mi hermano, más joven que yo, había controlado los miedos que tenía de pequeño gracias a la compañía de Fito y yo no había sentido envidia sólo por el hecho de que ya adolescente, empecé a querer dormir con la puerta cerrada y eso no era posible con aquel miembro de nuestra familia.

Fito tenía buen carácter. Era juquetón, sin serlo en exceso. Tranquilo, cuando percibía que todos lo estábamos, y alegre y corredor, cuando superábamos los límites de la parcela y hacíamos alguna excursión. Era noble y siempre, siempre, se situaba al lado del que parecía necesitarlo más. Ése era su encanto, su magia, su secreto y lo que provocaba nuestra pasión por él y nuestro orgullo. Cuando mi padre o mi madre habían tenido un mal día en sus trabajos, él se pegaba al protagonista, acompañándole en todos los recorridos por la casa sin dejarlo solo un momento. Mi hermano o yo, con los primeros sufrimientos por amoríos, teníamos la suerte de contar con su compañía. Y además, hacía excepciones y las noches de esos malos días, cambiaba su rutina y dejaba la habitación de mi hermano para quedarse en la puerta de la habitación de mis padres o en la mía, ante nuestra rendida admiración y a veces vergüenza, cuando no queríamos que los demás supieran de nuestro estado de ánimo y él lo sacaba a la luz y nos ponía en evidencia ante los demás. Pero siempre, nos compensaba.

Un día que hicimos una excursión, sucedió algo inesperado que también modificó su vida. El recorrido lo hicimos en coche y mi madre conducía, mientras mi padre le hablaba de su trabajo y de las dificultades por las que atravesaba su empresa. Nosotros, de esas conversaciones nos aislábamos como si un muro insonorizado dividiera el coche en dos, y Fito dormitaba mientras en la parte de atrás, porque ir en coche no era desde luego una de sus pasiones, aunque había entendido desde muy pequeño que detrás de aquel suplicio y de aquel movimiento que no podía controlar, habría una recompensa no sólo para correr y saltar, sino para comer comida de humanos, el único día que se la dábamos para no tener que llevar el pienso también. Y esos olores en el coche, parecían hacerlo dormir soñando con los efluvios, en todos los manjares a los que tendría acceso en esa bendita excursión.

Todo sucedió como de costumbre. Detenernos cerca de un riachuelo, extender unas mantas, y mientras mi madre leía recostada en un tronco de un árbol, mi padre, mi hermano y yo, investigábamos los alrededores con Fito que se adelantaba por los caminos y las sendas, eligiendo él y no nosotros, el recorrido por los campos. Sin embargo, nuestro fiel guía se detuvo ante algo que de lejos no veíamos bien y se puso a ladrar, lo que yo interpreté como si quisiera que nos diéramos prisa en llegar a donde él estaba. Y llegamos, y allí encontramos un perro blanco sentado con los ojos cerrados pero despierto, pareciendo que una membrana se los cubría. Mi padre no sabía qué hacer mientras Fito lo escrutaba y nosotros mirábamos a mi padre, a Fito y al perro, sin decir nada y sin movernos. Mi padre se agachó y le acarició levemente el lomo y aunque aún no respirábamos, aquello nos tranquilizó un poco. Nos dijo que fuéramos a buscar a mi madre y eso hicimos mientras le decíamos atropellados por el camino que Fito había encontrado un perro blanco, sin añadir lo que todavía nadie había dicho ni nos atrevíamos a decir. Quizás queríamos que mi madre se sorprendiera o no sabíamos lo que sucedía o no queríamos saberlo. Ella, rápida, dió el veredicto cuando lo vió y nos dijo a todos que ese perro estaba ciego, y que se habría perdido dios sabe cuándo o dios sabe cómo y que poco podíamos hacer. En ese momento, mientras mi madre hablaba, acariciaba el cuerpo de nuestro Fito y nosotros el del nuevo animal, con cautela aún pero identificando su alegría que manifestaba con el movimiento involuntario de su rabo. Expeditiva, nos dijo que el dueño lo estaría buscando y que debíamos irnos. Así, nos incorporamos e iniciamos la vuelta todos, menos Fito al que llamamos en repetidas ocasiones y voces, y al que fuimos incapaces de convencer para que abandonara a su congénere.

Llegados a este extremo, mi padre hizo que el perro blanco se levantara y nos acompañara, guiándolo suavemente con la mano y flanqueado por el otro lado por Fito, hasta llegar a nuestro campamento. Compartimos la comida con él, debatieron mis padres sobre cómo solucionar aquello y llegaron a la conclusión de que se vendría con nosotros y al día siguiente, irían a contarlo a la policía y lo llevarían al veterinario para ver si tenía chip, y después dios diría. Esa noche ya de vuelta, no hubo forma de que el perro entrara en la casa prefiriendo quedarse en el jardín, y nuestro Fito cómodo y malcriado, fino perro, cambió el calor de nuestro hogar por dormir cerca de él, sin que nosotros forzáramos la situación intentando que entrara.

Infructuoso fue aquello porque no tenía chip. Según el veterinario se lo habían quitado. La policía les indicó a mis padres la perrera más cercana y nosotros lloramos toda la tarde ante el asombro de mis padres e hicimos otra cosa peor, verdaderamente grave, que fue ponerle nombre al perro. Le llamamos Blanco. Y mientras decidían nuestros progenitores que hacer, se fué quedando con nosotros y se quedó para siempre.

Fito y Blanco debieron contarse muchas cosas aquella primera noche de jardín. Tantas, que nada pudo separarles desde entonces. Y Fito no sólo cambió para siempre su costumbre de dormir en nuestra casa sino que aprendió él solo, a coger la correa de Blanco para salir de paseo, para guiarlo siempre, asumiendo parte de la responsabilidad de todos, seguro de hacer menos gravosa aquella situación que en gran medida había decidido él.

Mi hermano empezó a cerrar su puerta el día que comprendió que a Blanco no le gustaba chocar con los muebles y que Fito no volvería a su pies, a la vez que empezaron a preocuparle todas aquellos chicos y chicas del instituto que le sonreían y le hablaban más deprisa de lo que él quería. Y él como Fito, se sentaba en clase con aquel o aquella compañera que notaba que tenía más dificultades o gozaba de menos simpatía que los demás. Yo, por mi parte, me especialicé en temas relacionados con discapacidades visuales, dios sabe porqué elegí ese camino, y mis padres siguieron haciendo excursiones por el campo, a veces sin nosotros, atentos a cualquier ruido, siguiendo los pasos de Fito y Blanco que les llevaban por donde ellos decidían, como siempre.

DE MEMORIA M

Tres veces al día salía Manuel de su casa.

Una, la primera, para dar un pequeño paseo. Se levantaba y se duchaba. Solo. Se afeitaba y se hacía el desayuno. Café y galletas. Arreglaba la cama. Se vestía. Siempre la corbata y la camisa blanca a la que superponía una rebeca. Tenía algunas. Los pantalones con raya y los zapatos con cordones. Un poco de colonia. A veces, una a la semana, iba a echar una discreta quiniela. La misma, desde hacía veintitrés años.

La segunda, para salir a comer. No se miraba al espejo ni volvía a arreglarse el nudo. Entre tanto, había oído la radio, sentado en el sofá de su casa hasta que la hora de la comida llegaba. Estaba al día de política, de salud, de atentados hasta las cejas, de asuntos varios siempre escuchados con el mismo interés y la misma atención. No dormía siesta.

La tercera, para merendar. Café con leche y una tostada, y vuelta a casa, despacio, muy despacio. Se sentaba un rato a charlar con el conserje de la finca. Gastaba bromas y más tarde, de nuevo a casa. Más radio hasta la cena, en que tomaba una pieza de fruta y un yogur. Siempre lo mismo. Sin sueño, a las once se iba a la cama. Se tapaba con la sábana y una manta de viaje sobre el cuerpo. Los pies al aire. En invierno, echaba otra encima de la anterior. Nunca pasaba frío.

Aunque se le viera solo las tres veces, había tenido mujer. Muy guapa, por cierto. La mala suerte se la llevó porque decía Manuel que cuando una persona es joven lo que se la lleva es la mala suerte. No, ninguna enfermedad. Y así había sido de la noche a la mañana. No había tenido hijos. Se casaron mayores.

Su trabajo había sido muy importante. Cartero. Repartía noticias. No como las que escuchaba en la radio, sino de carácter íntimo, pero no por ello menos impactantes para la vida de cada uno. De puerta en puerta, de portal en portal, más tarde. Lentas cartas que traían palabras cuando cada una de ellas era una valiosa pieza para cada puzzle vital. Y muchas menos que las que ahora se dicen fácilmente sin pensar. Entonces, se condensaban y se iba a lo importante y sobre todo a lo que informaba, sin dar vueltas o revueltas como ahora se hace con ellas para no decir nada o no informar más.

Sus aficiones habían sido dos sin que pudiera por desgracia, haberlas podido mantener en el tiempo. Amar a su mujer, sin duda mirarla, remirarla, hablar con ella, hacerle café cuando no se dormía, pasear y ver en compañía todos los vestidos bonitos que se habría comprado de haber podido o haber necesitado. Y leer, cuando ella cosía, sólo entonces, levantando la vista para observar su perfil, el pelo castaño ondulado, su pecho en la curva más hermosa que había soñado y sus manos cuidadas siempre sin esfuerzo, como si los dioses hubieran previsto para ella una vida regalada. Leer libros y contárselos. Historias de otras vidas y otros tiempos sin envidiar nunca nada de lo que pasaba fuera de su hogar. Viviendo a veces el relato como protagonistas cuando él avanzaba en el cuento y ella en la historia y los dos en la vida, soñando y aprendiendo a ser esos que estaban escritos.

La oscuridad de la habitación del hospital esos tres meses, decía Manuel que le había perjudicado la vista. Y eso era lo mismo que decir que cuando ella se fue e incluso antes, sobre el se cernió un manto que quitó la luz de su vida. De allí fue del único sitio que salió sin ella y ya salió siempre así de cualquier otro.

Ahora estaba ciego. Mala suerte. Ocho operaciones para no ver nada. Cada día, sus tres salidas se apoyaban en sus deseos incombustibles de no dejarse morir. De memoria hacía los recorridos, sin bastón ni perro y con la disciplina férrea de no quejarse y permitirse el lujo del rayo de sol que sin ver, notaba, y de la comida que sin preparar, comía y del café que sin hacer, tomaba. Lo más importante, decía, era no dejarse vencer y si los malos espíritus entraban en casa, había que salir a buscar los buenos, mientras la ventana de par en par invitaba a los invasores a salir por ella.

Para todo el mundo una sonrisa y todas, para cualquier mujer que se detuviera un instante para hablar con él. Anteayer, los noventa. Pero nunca había voluntariamente que borrarse de nada. Ya la vida te mete goma sin respeto ni consideración.

Mejor salir a la calle que quejarse. Distraerse antes que lamentarse y tener ilusión por ser capaz al día siguiente de salir tres veces para recorrer el mundo aunque tenga que ser de memoria. 

EN EL ANDÉN

El día que Isabel abandonó la ciudad, llovía.

Era una lluvia pertinaz y los colores creados por la luz en los días anteriores, habían desaparecido. El capricho que la naturaleza había tenido, igualaba los objetos que ahora se mantenían monocromos sin perder un ápice de su belleza. Un gris mojado, color aluminio, teñía el mar y los paseos, las aceras y los árboles, los edificios y el cielo, sin límites nítidos debido al agua en suspensión.

Mientras atravesaba ese paisaje urbano en un taxi camino de la estación, ella misma se sentía también suspendida como siempre que viajaba, y habría deseado detenerse para fotografiarlo todo y llevárselo grabado no sólo en su retina. Pero no pudo ser, no había tiempo, y tuvo que centrarse en lo que debía realizar, que no era otra cosa que subirse a un tren y volver a casa.

Si había o no, sido feliz en aquella ciudad, no podía asegurarlo pues a ratos había llorado y en otros, había sentido sosiego en el dolor infinito que la llevaba de acá para allá buscándose, porque sabía que nada había fuera y que la solución, aunque oculta de momento, la tenía ella dentro, muy dentro, y nadie podía ayudarle sino que debía encontrarla sola, tranquila y a su tiempo.

En las cartas que le habían echado, entre risas que también había habido, le aseguraban un presente que, si bien estaba aún un poco estático, auguraba una inminente fase de cambio que la convertiría en una emperatriz, con un futuro muy ventajoso como señalaban las mejores del tarot, donde volvería a ilusionarse por muchas cosas. Eso quería Isabel, ilusión para que los días le parecieran menos iguales y más intensos, como cuando amaba.

En el tren esta vez, sólo fue mirando por la ventana. No leyendo, como siempre. La naturaleza empapada por esa lluvia que acompañaba al tren en su recorrido, lo dibujaba difuminado, en una sola línea blanda, flexible y ágil, color también metálico. No iba pensando en nada especial, sin planes ni metas como últimamente acostumbraba, dejándose llevar por la vida y procurando no alterarse demasiado.

La vida era eso justamente. La suya. La que discurría mientras viajaba de acá para allá en muchos trenes, ya todos iguales, indiferenciados y sin anécdotas, pues la única era la de todos, la incomprensible dedicación y entrega de las gentes a mirar sus móviles y teclear sin compasión sobre sus duras pantallas que no devolvían ninguna caricia a las doloridas yemas.

Cada vez que viajaba sentía la punzada de la soledad que a la vez disfrutaba. Entonces, se decía que no era eso, sino una necesidad absolutamente enraizada en su carácter de querer compartirlo todo, incluso el bocadillo comprado en el mismo tren. La maleta, siempre demasiado pesada, le hacía recordar otros tiempos más afables, donde los kilos eran también repartidos. Ahora, hasta el contenido, sus ropas, era otro, menos interesado en gustarle a nadie.

Nadie sabía nunca sus horarios de salida o llegada o el destino de esas vacaciones que ella ya no llamaba así, sino una necesaria huida de lo cotidiano y poco fructífero del presente panorama, y una leve esperanza de volver a casa y ser otra, distinta a aquella en la que se había convertido sin amor.

Al llegar al destino todo era rutinario, otra vez la maleta, y de nuevo un taxi hasta casa. Llegar, vaciar el equipaje, poner la lavadora, limpiar los zapatos, colocar los objetos de aseo en el baño y oír el silencio.

Sin drama, bajó del tren y él estaba esperándola. Iba vestido impecablemente como si se hubiera preparado para ello. Tenía una magnífica sonrisa en los labios. La abrazó fuertemente y le cogió la maleta. Juntos subieron a un taxi y llegaron a casa.